Zapatero se ha apuntado una victoria política, por pírrica que pueda parecer. Ha pagado la elevada factura que le ha presentado el PNV para mantenerse 18 meses más en el poder. No solo ha cedido 20 transferencias, sino que ha hecho otras concesiones muy importantes. Políticamente, ha resucitado al PNV y debilitado, quizá de forma irreversible, a Patxi López, que lo tendrá muy difícil para evitar que Urkullu sea el próximo lendakari.
Pero por mucho que haya cedido al nacionalismo, lo que siempre supone un coste político, Zapatero ha obtenido como botín la ansiada estabilidad parlamentaria, que pone punto final a la geometría variable que ha caracterizado su mandato, y deja al PP sin uno de sus argumentos preferidos, su supuesta soledad parlamentaria. El acuerdo con los nacionalistas vascos y Coalición Canaria -que se lleva el zurrón bien lleno- le asegura no solo aprobar estos Presupuestos, sino todo su paquete de futuras medidas económicas. En sus horas más bajas, con la credibilidad por los suelos, por primera vez cuestionado desde su propio partido y el PP embalado hacia la Moncloa, el presidente ha comprado tiempo. Esto, sin embargo, no evita que lo que le queda por delante sea un calvario. El pacto puede ser el último conejo que se saca de la chistera. Es cierto que «en un año y medio pasan muchas cosas» en política y que Felipe González ganó unas elecciones en 1993 en las que partía con una enorme desventaja. Pero el escenario de Zapatero son unas elecciones catalanas a la vuelta de la esquina en las que se prevé el desplome del PSC; unas autonómicas y municipales con pronóstico muy negativo, lo que está haciendo que se revuelvan los barones regionales; unas perspectivas de paro muy malas y un crecimiento aún débil para el 2011. Es cierto que el final de ETA podría ser una baza a su favor. Pero eso está casi descontado y el bolsillo cuenta mucho más en los votantes.