Aznar añora la foto de las Azores

La inesperada visita a Melilla, que ha gustado más bien poco al PP, confirma que el ex presidente del Gobierno se sigue entrometiendo en donde nadie le ha llamado


Felipe González deslizó privadamente hace algunos años esta reflexión, en presencia de Jordi Pujol, que la compartió: «Lo más difícil cuando sales de la presidencia del Gobierno es acostumbrarte a no tomar decisiones en lo que pasa cada día porque tu cerebro se ha habituado a un mecanismo automático de problema-análisis-intervención». El ex presidente José María Aznar debe andar todavía en eso, con la duda razonable de si en esa secuencia le dedica algún tiempo al análisis o pasa directamente del problema a la acción. Es decir, si analiza, por ejemplo, si su intervención ante un problema beneficia o perjudica a su partido y a su presidente-candidato Mariano Rajoy.

Esta misma semana se ha visto claro: hubo el incidente fronterizo en Melilla, buscó una sahariana en su armario y se fue sin previo aviso para Melilla. El presidente de la ciudad autónoma se lo ha agradecido mucho, su partido bastante menos, el Gobierno nada y los periodistas algo. Esta relación desigual de agradecimientos exige una explicación.

Imbroda, el presidente de Melilla, sentía miedo y acaso desconfianza por el sigilo con que el Gobierno y el Rey trataron el incidente, así que celebró la visita de Aznar. Se puede comprender su agradecimiento en la soledad angustiosa por la bomba de relojería que gobierna.

El viaje, sin embargo, fue mala noticia para Rajoy y el PP. Los populares habían optado hábilmente por redimensionar a la baja el problema. No intervenía su número uno -poco dado como es Rajoy a mojarse, pero en este caso con acierto-; ni su número dos -la señora De Cospedal, que bastante tiene con Castilla La Mancha-; ni su número tres en la práctica, Arenas -demasiado listo como para saber que lo de Ceuta y Melilla es un avispero-; ni la número cuatro, Ana Mato, siempre en la sombra.

Enviaron a Melilla al número cinco, el vicesecretario de Comunicación, Esteban González Pons, al que, además, tienen que promocionar si quieren que sustituya a Camps en Valencia. Pero la inesperada visita de Aznar envió el mensaje nocivo de que Rajoy no se implica y que el PP está alicaído ante problemas nacionales como el de Melilla. Un regalo para los socialistas que, ante la posterior rueda de prensa forzada y subida de tono de Rajoy sobre Melilla, le sirvió al ministro Pérez Rubalcaba para decir: «El Gobierno quiere resolver el problema con cabeza y Aznar y Rajoy a cabezazos».

Fontanería fina

Aún así, el Gobierno lamentó la visita de Aznar, porque cuando trabaja la fontanería fina de la diplomacia es nefasto que entre en escena el ruido de las excavadoras patrióticas, rememorando el desembarco en el islote de Perejil y otras aventuras. Aznar, que nunca pidió disculpas por compartir con George W. Bush y publicitar la información falsa de que había armas de destrucción masiva en Irak, añora la foto de las Azores. A la vista está. Pero con sinceridad, aún con artículos censurando el viaje, en las redacciones periodísticas se ha agradecido la visita de Aznar porque el verano estaba informativamente demasiado tranquilo. Hasta el ministro Blanco, que oportunamente arregló el conflicto de los controladores, liquidó las noticias veraniegas recurrentes de aeropuertos en crisis. Y da para poco más la reyerta de los socialistas madrileños por ver quién pierde ante Esperanza Aguirre. «Trini es la cultura del pelotazo», ha dicho Tomás Gómez. «Tomás es la cantera y Trini la galáctica», apunta el diputado Torres Mora, íntimo de Zapatero pero dolido aún con el aparato de Ferraz.

Por suerte para la prensa, Aznar reapareció y Zapatero ha vuelto para sembrar polémica al encargar al ministro Caamaño remodelaciones varias en el poder judicial para que cuele algo del Estatuto catalán, tal como pide Montilla. El verano informativamente parece encarrilado. Menos mal. Pasó algo así en el verano de 1991. Los veteranos del periodismo recordarán el alivio aportado por Sadam Huseín cuando invadió Kuwait -lo que todos condenamos con convicción- un 3 de agosto. Fue una acción reprobable pero puestos a hacerlo, eligió bien la fecha y salvó el verano.

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