Melilla recuperó ayer la normalidad tras el fin del bloqueo marroquí. La normalidad de una ciudad en la que no es extraño ver, como sucedió ayer, una columna de carros de combate del Ejército de Tierra circulando por el centro de la urbe de vuelta de unas maniobras por el perímetro fronterizo.
Las aguas volvieron a su cauce tras el acuerdo entre los comerciantes melillenses y los activistas marroquíes y cerca de 3.000 pasadores a la hora volvieron a atravesar los cuatro pasos fronterizos cargados de mercancías ilegales, «un ritmo habitual en un día previo a un viernes de ramadán», explicaron mandos policiales en la frontera de Beni-Enzar. Volvieron a verse escenas como las la anciana que porta un bulto a la espalda del doble de su tamaño por el paso del Barrio Chino y como otras dos acarrean un lavavajillas. También las tres millares de las empleadas domésticas marroquíes que cada día pasan a Melilla para trabajar acudieron puntuales a su cita con las colas, los tornos y las jaulas que dan acceso a la ciudad. Nadie las molestó.
Por ese paso fronterizo, en el que desde la tarde del miércoles ya no lucen las pancartas que acusaban a la policía española de «racista», entraron una treintena de camiones y furgonetas cargados de verduras, frutas, pescados y material de construcción.