No lo admiten de puertas afuera, pero los socialistas gallegos tienen motivos para estar preocupados por las alarmas que se encendieron el 7-J. Y, de hecho, están inquietos. Solo así se entiende que el líder del PSdeG, Pachi Vázquez, hablara ayer de «sabor agridulce» y de resultado «mellorable», tras la reunión de la ejecutiva, cuando en la noche electoral se declaraba «satisfeito» con el 34,2% obtenido en las urnas, a sabiendas de que representa -sin sumar el voto emigrante- un retroceso de un 1,5% con respecto a las europeas del 2004.
Los socialistas salen vivos de los comicios del domingo, pero en su sala de máquinas se encendieron al menos dos luces rojas. Una, la que señala al PP, pues el partido de Feijoo se sitúa por encima del 50% en Galicia por primera vez desde los años noventa. Y la otra, la que indica el nombre del BNG, su socio preferente en las grandes ciudades, donde el nacionalismo cae en barrena sin que los socialistas sean capaces de detener la sangría y compensar los votos que pierde la coalición.
Pese a la lectura en positivo que hace Vázquez, con el pretexto de que tienen que ser «un partido gañador», dijo, y no inquietarse más allá de lo necesario, lo cierto es que el PSOE empieza a tener un problema en las ciudades. La traslación de los resultados de las europeas les arrebataría las alcaldías de Ourense, Lugo y Santiago, donde el PP gobernaría con mayoría absoluta. Los socialistas, con la ayuda del BNG, solo aguantan el tipo en las ciudades del arco atlántico, pero a veces incluso con dificultades, pues la suma de los dos solo superaría en 15 votos al PP en Ferrol y en poco más de 2.100 votos en A Coruña, o en unos 1.100 en Pontevedra. El bipartito de Vigo tendría más capacidad de aguante, pues le saca 6.500 votos al PP.
Todavía quedan dos años para que se dispute el partido de las municipales, pero el PSdeG empieza a interiorizar que los populares están bien situados para recuperar alguna de las plazas urbanas.