Bermejo ha vivido su semana horrible, con la primera huelga de jueces de la historia, el escándalo de la montería sin licencia con Garzón y la pérdida de confianza de Zapatero
22 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.«Un cazador de ley». Así titulaba la portada de su número de agosto la revista especializada Jara y Sedal, que incluía una amplia entrevista con Mariano Fernández Bermejo sobre una afición, más bien pasión, que puede suponer el final de su carrera política. Ese cazador de ley, que defendía lo que le gusta llamar «el hecho cinegético» como una «actividad absolutamente legítima si se produce en las coordenadas legales en que está regulada», se ha ganado a pulso el calificativo de ministro furtivo, ya que lo ha practicado en Jaén sin la pertinente licencia, como ha reconocido. Su explicación de que no sabía que estaba en Andalucía resultó patética. «Cazo habitualmente donde puedo, como todo el mundo», decía a la revista. Por ejemplo, en la finca estatal de Quintos de Mora, gratis total, y no como cualquier ciudadano.
El ministro se ha convertido en una suerte de cazador doblemente cazado porque además de no tener licencia compartió cacería con el juez Garzón en plena operación Gürtel contra la corrupción, una auténtica trituradora del principal partido de la oposición. Un encuentro que pasados los días admitió fue inoportuno. Y tanto, porque dio un precioso balón de oxígeno a un PP acorralado.
Pero su semana horrible no terminó ahí. Bermejo tuvo también el triste honor de pasar a la historia como el primer titular de Justicia al que los jueces le hacían una huelga, que además tuvo un amplio seguimiento. Tan solo gozó de unos segundos de gloria cuando los diputados socialistas le aclamaron puestos en pie con gritos de ¡torero, torero! tras negarse a dimitir con esta ya famosa frase: «Claro que no dimito, porque tengo que trabajar por este país».
Cuando Zapatero sustituyó al dialogante Juan Fernando López Aguilar por este fiscal de colmillo retorcido y larga trayectoria hace poco más de dos años no podía imaginarse que se iba a convertir en su mayor dolor de cabeza. Con la llegada al ministerio de un halcón quería enviar un mensaje de autoridad a un mundo judicial convertido en campo de batalla político.
Cuentas pendientes
El nuevo ministro y el PP tenían cuentas pendientes desde hacía tiempo. Bermejo había sido depurado de la Fiscalía de Madrid en el 2003 por el entonces ministro José María Michavila por oponerse a la línea oficial. Bermejo lo había dejado claro siendo fiscal: «Soy de izquierdas y como tal actúo».
Con la vuelta al Gobierno de los socialistas fue rehabilitado y pasó a ser fiscal de sala del Supremo. Nada más ser nombrado ministro, el PP le sometió a una sesión parlamentaria de acoso y derribo, en la que el llamado «ministro broncas» demostró que no se arredra. El «fiscal anti-PP» se transmutó en «azote del PP» en la arena política, ayudado a veces de sus más que discutibles versos.
Otra de sus célebres frases se la dirigió al propio Michavila y a Aznar, hijos de franquistas. «Luchamos contra los padres y ahora nos toca luchar contra los hijos». Pero su padre también fue un destacado falangista, alcalde y jefe local del Movimiento en la localidad abulense de Arenas de San Pedro, donde Mariano nació hace 61 años.
A los ocho, como rememora en Jara y Sedal, se bautizó como cazador cobrando su primera pieza y de jovencito jugó en el Atlético de Madrid. A los 17 debutó con Los Cirros, un grupo musical profesional que grabó dos discos, en el que tocaba el bajo y hacía la segunda voz. Con 26 ingresó en la carrera fiscal con el número uno de su promoción.
Torpe e imprudente, Bermejo, el ministro peor valorado después de Magdalena Álvarez, ha perdido definitivamente el favor del presidente Zapatero, que se desprenderá de él en la primera remodelación que efectúe. Su plan de permanecer cinco años como ministro es ya una quimera.