La crisis económica y Cataluña angustian al Gobierno


La crisis va a más. Una quinta inmobiliaria de las grandes -Hábitat- informó de que embarrancaba y hay anuncios de reducción de empleo, de entrada en compañías aéreas. Entretanto, el ex futbolista ruso Valery Karpin, promotor inmobiliario con Michel Salgado, deja Vigo y España, de momento, porque el Spartak de Moscú tiene más futuro que el ladrillo ibérico.

Es la crisis que este Gobierno disimulaba al principio y ahora tiene problemas para afrontar, también en su gestión informativa. Al acecho, Mariano Rajoy, al que empuja el oleaje, reunió a los suyos de improviso para denunciar que «el Gobierno no está». Ese mismo día había siete ministros de guardia. Leire Pajín, que sí estaba, salió desde el PSOE al paso del presidente del PP.

Pero independientemente de que la guardia fuera escasa o nutrida, hay un principio que los ministros de ZP no cumplen: hacer declaraciones constantes para que se perciba su presencia. Un ex ministro de Felipe González lo cuenta así: «Antes no quería hablar de crisis y ahora resulta que es el único que parece ocuparse de ella, porque Solbes da la sensación de que no se mueve. Eso desgastará al presidente, que terminará por prescindir de sus servicios si persiste en su atonía ante los problemas».

Es una percepción que comienza a extenderse: en esta segunda legislatura Zapatero recibe menos apoyo, o quizá menos eficaz, de sus dos vicepresidentes. Solbes, al que siempre deberá el favor y el sacrificio personal de dejar Europa y sus ventajas económicas para apoyarlo, es hombre discreto y de mentalidad diésel. Le cuesta entrar en acción y parece desconcertado ante el brusco cambio de la economía. Quizá por eso ZP presidirá la Comisión Delegada, lo que González Pons interpreta como una desautorización a Pedro Solbes. Por su parte, Fernández de la Vega aparece algo más desgastada. Parlamentariamente, lo tiene más difícil porque no es lo mismo enfrentarse a Soraya Sáenz de Santamaría que a Eduardo Zaplana. Las sesiones de control al Gobierno de los miércoles han cambiado de color: antes solía ganar el debate la vicepresidenta; ahora, no.

Riesgo de radicalización

Pero no solo por la crisis vive angustiado el Gobierno. Preocupa la financiación autonómica y especialmente la negociación con Cataluña. Tanto Fernández de la Vega como Solbes han ido enviando mensajes para oxigenar en los últimos días porque la situación empeora. Si se cede la recaudación del 50% del IVA, se responde que no basta porque el Estatuto había previsto el 58%.

Si se recuerda que en los últimos meses ya se han traspasado competencias y presupuestos por un valor significativo, se insiste en que el ritmo es demasiado lento. Miquel Iceta, vicesecretario del PSC, ha advertido del «riesgo de radicalización del problema catalán», y de momento socialistas catalanes y convergentes ya presentan frente común. Quien lo diría hace unos meses. Montilla, que ya cruzó sus armas dialécticas con Zapatero en la clausura del congreso del PSC, se muestra conciliador, pero firme. A la demanda de recuperar grupo parlamentario propio en Madrid, logró que se aprobara pero sin fecha.

La situación se intuye grave. El texto final del Estatut que consiguió salir adelante parece contener pasajes de difícil asunción por el Estado, especialmente en el capítulo económico y más en estos tiempos de crisis. La tensión se intensificará. No bastó con el discurso de José Blanco a los socialistas catalanes recordándoles que «juntos, PSOE y PSC, somos más fuertes». Ahí tiene ZP su segundo gran problema y Rajoy su segunda fuente de esperanza.

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