El «Rey de todos los españoles» cumple 70 años

Lo pasó mal para ser monarca, pero luego pilotó la transición a la democracia, paró el golpe del 23-F y ha sabido reinar sin gobernar, por encima de la bronca partidista


El Rey que nombró Franco, el que se desprendió del poder absoluto que este le legó, pilotó la transición a la democracia, paró un golpe de Estado y ha sabido reinar sin gobernar, por encima de las disputas partidarias y circunscrito a la Constitución, cumple hoy 70 años. Juan Carlos I ha logrado ganarse a pulso y con creces la legitimidad de la que carecía en origen para ser lo más parecido posible a lo que siempre pretendió ser, «el Rey de todos los españoles». Santiago Carrillo lo bautizó como «Juan Carlos el Breve», pero es ya el monarca que más tiempo ha permanecido en el trono -32 años- en los dos últimos siglos. Nació prematuramente el 5 de enero de 1938, a las dos y media de la tarde, en el Hospital Anglo-Americano de Roma. «El pobre nació ochomesino y tenía los ojos saltones. Era feo, feo ¡como un dolor! ¡Era horrible! Menos mal que enseguida se arregló», diría más tarde María de las Mercedes de su hijo. Bautizado con los nombres de Juan, Alfonso y Carlos, la familia y los amigos lo llamaban Juanito y solo empezó a utilizar el nombre de Juan Carlos por deseo expreso de Franco, que abominaba del de Alfonso, por Alfonso XIII. Desde muy niño supo que el oficio de rey iba a ser muy duro y conoció la soledad. Con solo 8 años, su padre, don Juan, lo envió al internado de los marianistas de Ville Saint-Jean en la ciudad suiza de Friburgo. Más tarde, don Juan Carlos recordaría su tristeza por tener que separarse de su familia. «Al principio me sentí bastante desgraciado, tenía la impresión de que los míos me habían abandonado, de que mi madre y mi padre se habían olvidado de mí». De hecho, don Juan prohibió a su mujer que lo llamara por teléfono durante algún tiempo para endurecerlo. El niño aprendió que «la soledad es un fardo muy duro de soportar». Tendría oportunidad de comprobarlo en numerosas ocasiones. Peón del gran juego Franco quiso que Juan Carlos estudiara en España, a lo que accedió don Juan, sabedor de que la restauración monárquica solo sería posible con la aprobación del dictador. Con solo 10 años, aceptó resignado pero triste que su padre lo entregara «de pies y manos al régimen», como escribe Paul Preston. «Los efectos desestabilizadores en Juan Carlos -educativos y emotivos- no figuraron en las consideraciones de ninguno de los actores de este particular drama», remacha el historiador en su biografía Juan Carlos. El Rey de un pueblo. Era un simple peón, una víctima, en el gran juego entre don Juan y Franco, que dominaba claramente el segundo. El 9 de noviembre de 1948 pisaba por primera vez España e iniciaba una larguísima etapa de soledad, duro aprendizaje y mucho aguante. Pocos conocen que el joven Juan Carlos tuvo que enfrentarse a puñetazos con algunos compañeros de las academias militares por las que pasó para defender a su padre de las ofensas recibidas. Era una muestra del agudo sentimiento antimonárquico que había entre los falangistas. En 1956 debió superar un trance muy doloroso, cuando mató accidentalmente a su hermano menor Alfonsito. Aquel niño de 10 años que llegó muerto de frío a España tuvo que esperar más de 20 a que el taimado y maquiavélico dictador lo nombrara, en 1969, su sucesor a título de rey. Para ello debió ganarse la confianza de Franco y jurar las Leyes Fundamentales y los Principios del Movimiento, pero nunca olvidó que, como le había inculcado su padre, tenía que ser el rey de todos si quería durar. Cuenta Preston que Juan Carlos tenía intención de introducir algún tipo de reforma democrática antes de 1969 y que la perspectiva de jurar las leyes franquistas le creó una honda preocupación. Fue su tutor y consejero Torcuato Fernández Miranda quien le tranquilizó diciéndole que esas leyes podían ser reformadas e incluso derogadas legalmente. Franco, un gran desconfiado por naturaleza, no se lo puso fácil y siempre tuvo en la recámara a otros pretendientes, el principal de ellos Alfonso de Borbón Dampierre. Por su parte, don Juan consideró un traidor a su hijo en un primer momento, por pasar por encima de su derecho dinástico. Juan Carlos le replicó que siempre había sido un «mandado» suyo y que si había sido nombrado sucesor era porque él lo había enviado a España. A base de tesón, perseverancia, astucia, aparente docilidad, autocontención, ambigüedad calculada y una voluntad inquebrantable de ser rey -una vez que comprendió que Franco nunca permitiría que lo fuera su padre-, logró su objetivo. Atado y bien atado Franco creía, en palabras a La Voz de Paul Preston, que «Juan Carlos estaba atado y bien atado». Santiago Carrillo ha revelado que el Rey le confesó que se había hecho el tonto durante todo ese tiempo de espera y que la gente se lo acabó creyendo. Preston admite que «si no el tonto, como mínimo el mundo». Una vez lograda la Corona, tuvo que desembarazarse de Arias Navarro, refractario a las reformas, y designar a Adolfo Suárez para que las llevara a cabo. Ambos lideraron la demolición del régimen franquista desde dentro, apremiados por la presión popular. Con la aprobación de la Constitución de 1978 el Rey perdió sus plenos poderes y permaneció como una figura que simboliza la unidad y permanencia del Estado, que reina pero no gobierna. Sin embargo, el 23-F tuvo que echar mano de lo que García de Enterría llamó su «reserva última de poder» para frustrar el golpe militar, valiéndose de su condición de jefe de las Fuerzas Armadas y actuando al margen del Gobierno, secuestrado por Tejero en el Congreso. A partir de ese momento, la figura del Rey, que ya era muy popular, se agigantó. Aparecieron muchos nuevos juancarlistas y reinó sin sobresaltos. Según el historiador Santos Juliá, esa reserva de poder se ha agotado y Juan Carlos I, pero sobre todo su hijo, tendrán que aprender a reinar sin estar a resguardo de las críticas.

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