Una casa con olor a pólvora

La Voz

ESPAÑA

No hay constancia de que la estratagema figure en los manuales de autoprotección de ETA. Pero lo cierto es que los usuarios de la base operativa de Cahors habían manipulado la verja de entrada para que chirriara y avisara de toda llegada inesperada. El pasado sábado, a las seis de la mañana, ladraron los perros del vecindario y sonaron tres disparos. La policía allanaba la morada. Los cuatro ocupantes dormían sus últimos minutos en libertad.

Impregnada de un penetrante olor a pólvora, la casa taller del aparato militar apenas estaba amueblada. Ni siquiera tenía camas. Uno de los hombres dormía en el pasillo de la entrada en un jergón. La pareja compartía un viejo camastro en un dormitorio en el piso de arriba. El cuarto pernoctaba en una cama plegable en el salón.

Al otro lado de la estancia, separado por una lona plástica, se encontraba el laboratorio de explosivos.

Una veintena de libros se apilaba por los rincones. Uno se titula Esclavos del franquismo en el Pirineo . También había cedés de música vasca, una revista sobre las armas de caza y unas pesas para ejercitar la musculatura. A un par de metros, la cocina es la prueba manifiesta de que los inquilinos pensaban permanecer algún tiempo en el escondite.

La casa había sido alquilada en marzo a un hombre que se identificó con papeles franceses a nombre de Didier Labarthe. Como garantía de solvencia, presentó nóminas de la empresa fabricante de neumáticos Michelín. Todos los documentos eran falsos. Pero pagaban religiosamente cada primero de mes en dinero contante y sonante.

Tres impactos destacan en la pared ennegrecida del vestíbulo. La verja no alertó de la llegada sigilosa de la policía.