Hay fotos de momentos acaso sublimes que se quedan a título vitalicio frente a las narices de uno, prendidas malamente con chinchetas (sobre todo en despachos tan caóticos y bohemios como el mío, acaso sin parangón), y que uno no ve, no mira, no nada. Y de pronto ayer alcé la vista por encima de mi fastuosa máquina de escribir Olympia y me fijé en la vieja instantánea color sepia: allí estábamos, en contraposición muy jóvenes, descamisados y relajados, contentos, algunos elementos de la gloriosa hampa gastronómica española, a saber, Currito, Eugenio Herrero, del Mesón de la Villa arandina, Fermín Gorría, fundador del restaurante barcelonés Gorría, El Chocolate de Vilaxoán, Dionisio Duque y un servidor, todos finados, caray, menos El Choco y yo, y me entraron tristes morriñas y ciertas ganillas de escribir esta entrevista. Javier, hijo de Fermín, es hoy el propietario de Gorría (Diputación, 421, Barcelona, tno. 932 451 164) y se alegra mucho de que le llame, pero le cuesta hablar de si mismo: el padre-fundador sigue anclado en sus pensamientos. -Hola, Javier, quiero que me cuentes la historia de vuestro restaurante, tradicional bastión navarro de la Barcelona más chic, de tu familia, de esos treinta años de existencia que estáis a punto de cumplir. Soy todo oídos. -Pues..., bueno, mis abuelos eran gente del campo, mi padre nació en Mélida, Navarra, con escasos horizontes para matar el hambre y emigró de pequeñito a Barcelona, sin otra vocación que ganarse el pan... y algo más, porque la verdad es que tenía un apetito pantagruélico, y yo recuerdo sus comilonas con amigos en el Amaya de las Ramblas, bien regadas con vino de su tierra. Allí tenían una especie de centro navarro no oficial, y esto vendría mucho después. Al principio de su estancia en Barcelona trabajó como un titán, en lo que pudo, repartía harina, vendía whisky, supongo que de contrabando, y se decantó por un obrador, sobre el que dormía y al que dedicaba horas sin cuento. ?Primero se inventó un brioche precursor del bollycao, luego exportaba ensaimadas La Payesa a Mallorca y los catalanes las traían de vuelta a Barcelona encantados. Abrió Gorría en el 67. ¿Y yo? Fui más reticente. Que si la carrera de Derecho, sin acabarla, que si la Mili... Al final me pudo el ejemplo paterno, me matriculé en la Escuela de Hostelería y la de Sumilleres... y aquí me tienes feliz y realizado. Mi mayor preocupación se la llevan las materias primas y el mantenimiento de nuestra cocina tradicional, y en el restaurante tengo una especie de «autoescuela», no quiero gente de fuera. Gozamos de una clientela fidelísima, tenores, deportistas de elite, políticos.... Y a ti te esperamos con los brazos abiertos: ¿qué tal un cochinillo de Estella?