Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: Naveira do Mar Se trata de uno de esos milagritos que suceden a veces, y yo, réprobo, sin enterarme; pero ahí está, en un remoto rincón de Madrid, y en él se come de rechupete
26 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.Ya me ocurrió con La Castañal, en la madrileña calle de Berruguete, todo un prodigio de buen marisco y cocina gallega rica-rica de toda la vida, y ahora vuelve a acaecerme, parvo que soy, con mi protagonista de hoy, más bien casa de comidas ilustrada, situado también en mi barrio de Tetuán de las Victorias, a mucha honra, e incluso más próximo a mi casa, que sigue siendo la suya, amados lectores: para aumentar mi bochorno, lleva veinticuatro años ahí puesto. Pero nunca es tarde si etcétera, etcétera, y ahora mismito les pongo al día. El Naveira do Mar (Santa Juliana, 57, tno. 914 594 532) es un pequeño establecimiento, con aforo para 28-32 comensales, que ha encontrado cobijo en la vieja «casita» que antaño acogiera ya una casa de comidas. Su refundador no es otro que Julio Bouza, quien a los 13 años abandonara su aldea, Prado de Candas, cerca de A Franqueira («Virxen da Franqueira, virxen mui amada, aquí lle traemos, a resucitada...», Galicia profunda) y, después de lavar muchos platos allá por Arcade, se vino a los 18 a la Corte para currar a las órdenes del inolvidable «Andalecio» en Airiños do Mar, de la calle Orense. Me cuenta Julio Bouza Jr. que años más tarde buscaron un local próximo a aquella Milla de Oro (bueno, no tan próximo, puntualizo) y de ahí vino lo de Santa Juliana. El simpático Julio estudió su carrerita de Derecho¿ aunque prefirió quedarse junto a «o pai»¿ El local es pequeño, claro, pero ostenta sobre su barra, que sólo se utiliza para el servicio del restaurante, unos tremendos centollos y demás familia muy convincentes. Por cierto, reciben directamente de O Grove los camarones, centollos, navajas y pulpo, y de A Coruña los percebes, santiaguiños, coquinas¿(sí, sí, coquinas de Arteixo), y su padre rellena las posibles lagunas del abastecimiento acudiendo todas las mañanitas, a eso de las cuatro, a Mercamadrid: allí consigue gambas y carabineros potentísimos. Mi almuerzo, ya es hora, comenzó con unas ostriñas gloriosas, seguidas por una empanada de bonito más bien banal, y luego compareció el pulpo a'feira, estupendo en contraste con esas elaboraciones que ahora hacen los «modernos», aunque las rodajas deberían haber sido más gordiñas. El rodaballo a la plancha resultó impecable y sorprendentemente buenas las coquinas autóctonas. ¡Qué restaurante más curioso! Nosotros llegamos los últimos y comimos sin prisas, pero la gente-venida expresamente de los lugares más lejanos de Madrid-zampaba y zampaba¿y no se levantaba. Algunos fumaban como descosidos, se pusieron a jugar al mus y le pregunté a Julio, a eso de las seis, qué hacía en estos casos: estaba él solo ante el peligro pero me contestó, impávido, que dejarlos: ¡ya los vería a la vuelta! En fin, con tanta longanimidad empresarial no me extraña que los Bouza-Naveira hayan conseguido atraer a su fidelísima clientela, incluidos algunos famosos: allá estaban en las fotiños Joan Manuel Serrat, Carlos Herrera, Hugo Sánchez, qué sé yo.