De la nueva ola gallega

Joaquín Merino MADRID

ESPAÑA

Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: María Pita Se jacta de importar a diario sus pescados de la lonja coruñesa, mima más a los ictiófagos que a los carnívoros y es moderno sin pasarse, blanquiazul y cosmopolita

23 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

La Diáspora gallega de las hambrunas, los desgarros y las morriñas hace tiempo que encontró asiento y cobijo en Madrid, tan amante de los pescados blancos del Norte desde la época de los arrieros: fue un hechizo mutuo, un amor a primera vista y para toda la vida. Ahí sigue, como testigo de la época, que yo sepa, la venerable Casa Gallega, inaugurada en 1905 en la galdosiana plaza San Miguel. Muchos años después aparecerían la Casa d¿a Troya, tan sorprendente por sus contrastes, Portonovo, donde se celebraba «la comida de Fraga» antes de que Fitur perdiera su sentido lúdico, el aldabonzazo de Combarro... y de pronto henos aquí y nada es lo que era: llegó la nueva ola, y ya tenemos Orixe, La Penela o Aldán, del que escribía la semana pasada. Ahora aterriza María Pita (Orense, 70, tno. 915 671 558), inaugurado el 15 de noviembre del 2006. Posee 50 plazas de aforo en el atractivo comedor de abajo, donde se puede fumar, así como tres mesitas para no fumadores en el piso de arriba, a nivel calle, en la zona de la barra, y la decoración en blanco y azul, más helénico éste que gallego, con adorno de vigas y sogas y evocadoras fotos, es idea de Beatriz Abella, esposa de uno de los socios. Otro, Jacinto Souto, compra al alba el mejor pescado de la lonja coruñesa y lo manda a Madrid, como hacían en su época los avioncitos de Félix Cabeza para nutrir La Dorada, que por cierto está dos puertas más allá, y todo esto me lo cuenta amablemente Iñaki Torres, también socio-propietario: cinco amigos, coruñeses, viajeros y viajados, así como proclives a comer fuera de casa a diario, empezaron a hablar medio en broma, «¿a qué no te atreves?», de poner un establecimiento en Madrid, para su propio solaz y el de la clientela, que por lo visto les profesa ya una lealtad inquebrantable. En la cocina manda José María Jordán, profesional de largo recorrido y aprestos tradicionales, y la carta enfatiza los pescados, «todos ellos salvajes» y obvia la carne, ofreciendo únicamente un entrecó de ternera gallega tan triste y solo como Fonseca. Hay también arroz con bogavante, y huevos fritos con diversos acólitos que hacían la boca agua en su formulación y me hubiera gustado probar, pero prefirieron elegirme el menú, del que destaco el pulpo a¿feira con cacheliños, y desde luego, el salpicón de bogavante: que no tiene nada que ver con el habitual, pues se trataba de unas 'mollas' gordotas del animalito en cuestión aliñadas con buen aceite y prou: claro que el plato cuesta 42 euros. Nos pareció más bien insabora la lubina con trigueros y almeja, sabrosa ésta, y nos sacó del bache el rodaballo con ajada, muy bien de textura y «repetidor» por lo que se refiere a los tirabeques y cachelos. Bien los postres, sobre todo la cañita de crema con helado de castañas, y supongo que suficiente la carta de vinos, encabezada por una docena de albariños bien seleccionados.