Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: Alboroque Es como un país de las maravillas rabiosamente contemporáneo, con evocaciones decimonónicas y un Andrés Madrigal inédito en la cocina, bueno: una experiencia
25 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Andrés Madrigal lleva ya luengos años siendo nuestro más conspicuo geniecillo de la Villa y Corte gastronómica, y tan pronto nos sorprende con su ubicuidad como se esfuma, igual que un Guadiana con piernas. Esta vez reaparece vestido de pontifical en Alboroque (Atocha, 34, Madrid, tno. 913 896 570) sumergiéndonos en un emporio contubérnico pero finalmente armonioso: su nueva morada profesional es nada menos que un antiguo y aristocrático palacio, frente por frente a la iglesia de San Sebastián, y si el ingreso por un portalón entornado en el largo corredor de carruajes resulta algo lóbrego, retrotrayéndonos a los tiempos de Fortunata y Jacinta, sobre todo de esta última, el rabioso colorido fashion ornado de luz y chirimbolos del interiorista Andreu World nos proyecta a la guerra de las galaxias, gracias a Dios en un momento de tregua. Lofts para reuniones La brusca transición nos deslumbra. Nos dicen que allá arriba hay ocho lofts para reuniones privadas de epicúreos, coronados en la cumbre por otro comedor con inmensas vistas en el que se cuela la Telefónica, pero que por la noche «no se enseñan». ¡Ah!, cuando llegue ese verano tropical que ya nos anuncian los científicos, abrirán en el patio de carruajes una terraza, e incluso un mayestático cenador... Bueno, vayamos a lo nuestro: en otro pequeño privé sin vistas, pero con fucsias y grises y estupenda «propuesta musical» para la cena, nuestro Luis Cepeda y su Modigliani, colección privada, erigidos en anfitriones, nos han convocado a Paco Patón y Joaquín Felipe, el estupendo tandem de los deleites del Urban, a mi deliciosa coleguilla Sara Cucala y a un humilde servidor para que probemos las ricas preseas del genio. Este aparece al fin exultante y saltarín, nos imparte sus bendiciones y se reintegra al ya mencionado taller. Y llega la cena (que, por cierto, cambia todos los días), y mi gran sorpresa, exaltación, no tengo palabras..., porque hete aquí, tararí, que mi último encuentro con Andrés, todavía en Balzac, fue homeopático y desconcertante en lo sápido, y éste... pan tumaca con jamón puro ibérico de bellota, ajoverde con témpura de almejas «turcas» y ostras heladas, caldo bullabesa con tropezones de mar y tierra (en este momento no tuve más remedio que gritar «¡todo sabe y huele a lo que es, viva España!»), flor de calabacín rellena de liebre, sublime, raya casi a la mantequilla negra (al final, el artífice no tendría tiempo para explicarnos a fondo el «casi»), potaje de garbanzos, algas y foiegras de pato, créme brûle de trufa melanosprum y helado de vainilla, «todoeschocolate», pequeñas locuras... ¡arre caray, quedé repleto! Y la música, dale que dale con aquello de my Hearth belongs to Daddy . Una delicia de cena, de compañía y, claro está, de chef: ¡hurra por Andrés! En cuanto al vino, he leído por ahí que hay no sé cuántas referencias: nuestra carta era más bien escueta y la de maltas, más. El servicio, dirigido por Óscar López, resulta espléndido.