La vida es caprichosa y siempre tiene preparados cambios a la vuelta de la esquina. Tras muchos vaivenes, Madrid se convertirá en la residencia final de Juan Ángel Fernández Vázquez. -A pesar de la estabilidad que logra en Alemania, la morriña le obliga a regresar a España. -Aunque mi mujer empezó a trabajar, los niños estaban en Santiago de Compostela con los abuelos. Además, Munich parecía un cementerio, era muy fría. Así que regresé a Madrid y busqué trabajo en los mismos lugares. Volví a las cabezas de los ángeles, lo que más se vendía a los turistas. Posteriormente, fui profesor de dibujo en la escuela de Getafe de los Escolapios, y ya jubilado, empiezo a trabajar en lo que me gusta. - ¿Cómo definiría su escultura? -Se caracterizaría por ser pobre, por la utilización de materiales como el cemento o el yeso. Empecé a trabajarlos cuando vi a unos obreros modelar estos materiales. Incluso una vez me inspiró una chimenea cuadrada, debido a la forma en que se reflejaba la luz del sol. Seguí haciendo santos, pero más abstractos, con otros significados. Me gusta que las esculturas estén relacionadas entre sí, que encuentren su historia en las que la acompañan. - De forma paralela, ha realizado numerosas piezas por encargo. - Sí. He hecho bastantes tallas para distintas iglesias y algunas estatuas al aire libre, como la cabeza de bronce de Severo Ochoa que hay en Getafe. Al hilo de esto, me gustaría contar una anécdota que me sucedió en un viaje a Galicia. Siempre pasábamos por la isla Arousa y en una ocasión vimos un gran peñasco que salía del mar. Con un amigo, tallé en ella una cabeza bastante expresiva, aunque algo ruda. La idea era que el mar terminase nuestra obra. Al cabo de muchos años, a mi hija le contaron que un profesor iba diciendo que se trataba de una cabeza realizada en la Prehistoria. La Historia dio ahí un traspiés, como pasa muchas veces.