Crónica | Llegada en patera a Arguineguín Relato de la llegada a España de 19 inmigrantes interceptados en alta mar por la Guardia Civil que seguían la nueva ruta de las pateras establecida por las mafias
19 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.«Están a unas treinta millas y con buen mar, así que en menos de dos horas los tenemos en el puerto». Pasan unos pocos minutos de la una de la tarde. El helicóptero de la Guardia Civil -una imagen perenne frente a la línea de costa que sólo se detiene para repostar- ha detectado una patera en las proximidades de Gran Canaria y una patrullera sale ya a su encuentro. Las previsiones no aciertan por poco. Hacia las tres y media, la embarcación del instituto armado, de considerables dimensiones, se ve todavía como un punto borroso desde el puerto de Arguineguín, en el sur de la isla. Su regreso ha sido previamente anunciado por el operativo que, en apenas diez minutos, se ha montado en el muelle. Un vigilante privado ordena retirar los coches aparcados cerca de las carpas de acogida. Un par de tiendas de lona amarilla serán el primer refugio que conozcan los inmigrantes en España. Hace calor dentro -fuera estamos a 28 grados- y algunos de los chicos de Cruz Roja sudan mientras retiran mantas viejas y cartones del suelo. Su furgoneta es la avanzadilla del dispositivo de emergencia. La que confirma que la patrullera está ya cerca y hace que los fotógrafos se coloquen sobre el muro del muelle para cazar una buena imagen de la llegada a puerto. Antes de que esto se produzca todavía aparecen tres furgones de la Guardia Civil, dos coches de la policía y otro equipo sanitario de Cruz Roja. Tras ellos, decenas de curiosos, sobre todo niños que juegan en las proximidades del muelle. Las cámaras cambian a toda prisa de posición y se dirigen ahora al punto de atraque. La zona ya ha sido acordonada, siguiendo las instrucciones del jefe de Extranjería, que se desgañita repartiendo órdenes y advertencias: «Ahora cuidadito, que van a maniobrar los furgones y a ver si nos vamos a llevar a alguno por delante». La patrullera echa amarras. La patera se ha quedado en el mar. En la proa se aprietan 19 inmigrantes, pese al mucho espacio disponible. Algunos usan pañuelos y bufandas para cubrirse la cara, lo que contrasta con sus pies descalzos. Sólo dos llevan puestas unas deportivas y otro más unas botas de agua. Con ellos viajan cinco guardias civiles y siete más los esperan en tierra. El equipo de bienvenida lo completan cuatro policías nacionales y seis personas de Cruz Roja. Entre todos forman un pasillo que va desde la embarcación hasta los furgones policiales. Allí van entrando los subsaharianos -ningún magrebí entre la expedición-. El olor es desagradable, producto de días de viaje entre vomitonas a causa del mareo y el frío, quizá también de las llagas que algunos lucen en sus pies descalzos. Sus caras van del aturdimiento a la decepción por haber sido capturados tan cerca de la costa. Ropa nueva y comida El primer viaje, ya en tierra, es de apenas doscientos metros. Los vehículos aparcan frente a las carpas, tapando la entrada para que los recién llegados puedan cambiarse con las ropas que le traen los equipos de emergencia y pasar una primera revisión médica lejos de la vista de periodistas y curiosos. En quince minutos, las furgonetas se apartan y se puede ver como los sin papeles -la policía confirma que todos llegaron sin documentación, salvo el único menor del grupo- dan cuenta con avidez de zumos y galletas. Casi todos los turistas han abandonado el muelle. Sólo una pareja de holandeses asisten perplejos a la escena. Ella se dirige a un guardia civil que pasa por su lado con la mascarilla sanitaria colgando del cuello. -¿Esto es muy frecuente? -No señora, es la primera vez que nos pasa. La sonrisa del sargento Juan desconcierta a la mujer, que abandona el lugar junto a su marido. Cerca, otras dos señoras en bañador debaten todo el asunto de la inmigración delante de las cámaras. La broma del agente no era del todo incierta. Hay algo de novedoso en la operación. Los subsaharianos ya están listos para salir hacia el cuartelillo y sólo han pasado tres cuartos de hora desde su llegada. «Esto nunca es así -confiesa en voz baja otro agente-. Antes pasaban cinco horas hasta que ellos [los inmigrantes] estaban listos. No se cambiaban antes de llegar a comisaría. Ahora, con todo el jaleo y la prensa parece que hay nuevas instrucciones para darse prisa». El novedoso formato parece del agrado de la policía, que así cuenta con más tiempo para hacer su trabajo. Sólo tienen 72 horas para averiguar la procedencia de los recién llegados y elaborar sus expedientes antes de que estos pasen a los centros de primera acogida. Allí permanecerán un máximo de cuarenta días y, si su repatriación no se produce en ese tiempo, los sin papeles deberán quedar libres. Los 19 suben de nuevo a los furgones. En la carpa quedan otra vez mantas, vendas y ropa usada, que los voluntarios retiran en contenedores para dejar el lugar en condiciones de recibir a un próximo grupo. Los vehículos de la policía ponen rumbo a la Comisaría de Maspalomas, donde se retiene a los indocumentados. Allí esperan los intérpretes para obtener datos sobre el viaje en la patera, la procedencia de cada uno y la posible presencia de un patrón que pueda llevar a recibir más pistas sobre las redes mafiosas. Tras los interrogatorios serán conducidos a los calabozos. De todo este proceso se salvará el menor, que viajará a uno de los saturados centros de los que dispone el Cabildo en la isla. Es el número 307 y las instalaciones del archipiélago sólo están preparadas para 250. Procedencia confirmada Ha habido suerte. En apenas hora y media, los inmigrantes están sentados a la puerta del despacho de Julio Ramos, el subinspector coruñés, de bigote, perilla y permanente cara de pocos amigos, que hace un rato repartía instrucciones en el puerto. Ya se conoce la procedencia de cada uno. La mayoría (13) son de Mali y el resto, de Congo, Guinea, Gambia y Costa de Marfil. El patrón ha sido también identificado. Es el único que no mira al suelo de todo el grupo de subsaharianos que ocupan las sillas de plástico. Más bajito que el resto, no tiene la pinta atlética de sus compañeros y parece mayor que ellos -de unos cuarenta y tantos años, a juzgar por las pequeñas arrugas que aparecen en su cara, aunque ya advierten los policías de que «con estos saber su edad a simple vista es imposible»-. Está acostumbrado al proceso. Incluso sonríe cuando le preguntan si habla español: «Y un poco de catalán». A los demás no parece hacerles tanta gracia. Con la mayoría de sus países hay convenios de colaboración y casi todos serán repatriados. Su primer día en España acaba en comisaría y no van a disfrutar de muchos más. No han dado un solo problema a los agentes. Son muy pacíficos, como la inmensa mayoría de los subsaharianos que llegan en los cayuco; además, están tremendamente cansados después del viaje. Al parecer, salieron hace tres días de Mauritania y tuvieron bastante suerte porque el buen tiempo y el mar en calma los acompañó durante casi todo el viaje. Todo parecía ir bien hasta que los detectó el helicóptero de la Guardia Civil. Ahora, muchos de los que no consigan quedarse y logren reunir el dinero suficiente -unos quinientos euros, sólo por la plaza en la patera- volverán a intentarlo. Las estadísticas de las oenegés y la experiencia dicen que una gran parte de los que son expulsados reinciden en su intento, a pesar de conocer ya en persona las dificultades de la travesía. Los servicios de emergencia se quedan cortos de efectivos para responder a la masiva oleada de sin papeles . «Si desde principio de año esto estaba imposible, en los últimos días aún va a peor. Parece que las mafias han alertado de que en África se van a endurecer los controles y todos quieren salir cuanto antes», explicaba en el puerto uno de los guardias civiles. Los equipos de emergencia son ya tan habituales como pescadores y turistas en el muelle de Arguineguín, la penúltima etapa del viaje en cayuco, desde Mauritania a comisaría.