Crónica | Los peligros a los que se enfrenta la Brilat: Shindan Shindan es la tierra de Amanulá Khan, el líder afgano que más preocupa al contingente español. Él rechaza la fama que le precede y dice lamentar el siniestro de los helicópteros
26 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Hay un lugar en Herat que está siempre en boca de todos. Preguntas: «¿Hay problemas de seguridad aquí en la provincia, hay lugares peligrosos para las fuerzas españolas?» Todos contestan que no, hasta que se acuerdan de Shindan. Shindan fue la mayor base militar de los soviéticos en Afganitán, pero sobre todo es la tierra de Amanulá Khan, el señor de la guerra local. Hasta hace bien poco, ni la policía ni el Ejército afgano entraban en la zona. No se atrevían. Tampoco lo hacían las agencias que luchan contra las plantaciones de opio. «El año pasado se plantaron en la provincia unos 16 kilómetros cuadrados de adormidera. Destruimos más de 12. Lo que quedó es casi todo de Shindan. No pudimos entrar ahí, porque la gente de Amanulá Khan no nos dejó. Además, la gente que trabaja aquí no se arriesga mucho. Hace un año que no reciben el salario», dice Golam Rashid, vicedirector del programa antidrogas en Herat. Cuando le preguntamos al coronel Moreno, el jefe de la base española en Herat, si Khan era un problema para él contesta: «Para mí no. Es un problema para Afganistán». Ayer, cuando llegamos Shindan, casi lo primero que nos encontramos fue a una patrulla de la Brilat, que durante estos días realiza operaciones de presencia y seguridad en la zona. Khan parece estar cooperando y los españoles están tranquilos. Khan contra Khan La de Amanulá Khan es una historia vieja. Una historia de odios tan enquistados que ya no se recuerda la razón que los originó. Todo debió de empezar tras la caída del régimen postsoviético a manos de los muyahidín. En el oeste del país surgía un caudillo que aspiraba a controlar Herat y las provincias colindantes. Su nombre era Ismael Khan. Pronto los dos Khan se convirtieron en enemigos viscerales y la lucha entre ambos -y sus milicias- no paró hasta hace cuatro meses o cinco meses. Fue entonces, poco antes de que las primeras tropas españolas llegaran, cuando EE.UU. y el Gobierno afgano de Hamid Karzai se propusieron limitar el poder de los señores de la guerra y, en especial, el de Ismael Khan. Karzai no tenía tropas a las que mandar a luchar contra él, así que armó y apoyó a Amanulá. Éste último lanzó a sus tropas contra Herat y las fuerzas de Ismael colapsaron. La mayor parte de sus tropas especiales, entre 200 y 300, murieron en el combate. Incluso perdió a su hijo, que formaba parte del Gobierno. Los hombres de Amanulá habían llegado al aeropuerto de Herat, donde está ubicada la base española, y en Washington y en Kabul debieron pensar que ya era suficiente. No era cuestión de cambiar un señor de la guerra por otro. Así que, por primera vez en mucho tiempo, Estados Unidos volvió a utilizar sus superbombarderos B-52 sólo para crear una cortina de fuego sobre Herat que impidiera a Amanulá tomar la ciudad. Hubo negociaciones. Ismael aceptó dejar Herat y asumir a regañadientes un puesto de ministro en el Gobierno central. Amanulá se comprometió a desarmarse y a portarse bien, pero ¿hasta qué punto lo cumple? Zer Quh Shindan, el feudo de Amanulá está a unos 20 kilómetros de Shindan capital. Se llega allí por unos caminos pedregosos que atraviesan una hermosa meseta. Sus hombres nos invitan a pasar. Él llega más tarde porque ha tenido una reunión con los norteamericanos. «Me salió la barba luchando. Ahora que tengo 45 años ya estoy cansado de luchar. Por eso entregué mis armas al Gobierno central. Ya gané lo que quería: Ismael Khan ya no está en el poder», confiesa. Amanulá desmiente cuantas cosas se comentan sobre él: sus relaciones con los talibanes gracias a su procedencia pasthún, el ser uno de los principales productores de opio de la provincia, el que siga contando con un ejército particular considerable. «Todo eso es falso. Yo estoy en contra del opio, no lo cultivo y ya no tengo soldados. Se enrolaron en la policía y el Ejército. Dicen eso porque son mis enemigos. Tampoco deberías creer lo que yo diga sobre ellos. No nos creas a ninguno», dice. «Ahora coopera con nosotros» Sin embargo, el hombre a cargo del distrito de Shindan, Abdel Salam Rahimi, nos cuenta que, de toda la superficie de opio que se plantará en Shindan este año, al menos el 10% es de Amanulá. Admite que se ha desarmado y ahora es un ciudadano normal que pasa el día en su casa y ora cinco veces en la mezquita. «Coopera con nosotros», dice. Pero algo no concuerda: cuando el jefe de los servicios de inteligencia de la provincia fue a verle la semana pasada lo hizo con un convoy de 10 coches llenos de hombres armados hasta los dientes. Fuentes militares españolas confirman que Amanulá sigue siendo la principal preocupación para ellos, en una provincia por lo demás tranquila. De ahí que varios efectivos de la Brilat salieran para ahí ayer. Lo mismo que para Fará, una provincia vecina, donde sí se han detectado movimientos talibanes y terroristas. «Se que dicen muchas cosas de mí. Sé que incluso se habla de que tuve que ver con la caída de los helicópteros españoles y sé que dicen que estoy con los talibanes. Nada de eso es cierto. Apoyo la presencia de las tropas internacionales porque sé que si no la guerra empezará de nuevo. Y lo siento mucho por las familias de los españoles que perdieron la vida», dice.