Crítica | Gastronomía COMER EN ESPAÑA: Imanol, asador de Miguel Ansorena En el primer Asador Frontón, «los madrileños descubrieron las carnes rojas»; en el segundo, tuvieron que cerrar un mes para reponerse del inesperado éxito del día inaugural
26 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Miguel Ansorena es como el paradigma viviente de toda una generación de chavales vasconavarros que, faltos de salidas lúdicas y profesionales en los estrechos límites de sus respectivos pueblos, decidieron probar suerte como pelotaris profesionales. Total..., el único «divertimento» posible en sus comunidades natales era el frontón. Y no todos alcanzaron el éxito, pues ya se sabe que los caminos del Señor son inescrutables. Miguel empezó a jugar desde pequeño en Eraskin, su pueblo navarro, y sí tuvo suerte: debutó en Barcelona en 1962, jugó allí durante siete años, fichó luego para el famoso Frontón Recoletos de Madrid, fue Campeón de España de Pala, ganó algún dinero (al parecer, había un par de generalotes adictos al juego que le daban propinas espléndidas) y, cuando sus músculos empezaban a pedirle árnica, realizó otra pirueta clásica de la época abriendo su primer asador en Madrid. Asegura él, no sin cierta osadía, que en aquel Asador Frontón de Tirso de Molina «los madrileños descubrieron las carnes rojas». Corría el año 1980. Con el segundo, en Pedro Muguruza, se pegó un buen susto cuando, en la jornada de apertura, comparecieron 200 clientes: hubo que clausurarlo provisionalmente para reponerse y prepararse. Años después se produjo la crisis de las vacas locas, que fueron también vacas flacas, y se retiró a sus cuarteles de invierno. Ahora, a los 65 años y recuperado el ardor juvenil, presenta este Imanol (General Díaz Porlier, 97, tno. 913 090 859), abierto hace un par de meses y que se perfila como la gema de su nuevo imperio hostelero. Que nadie espere innovaciones, fruslerías o tontunas, porque aquí se visa a la fiel clientela de siempre, señores muy trajeados, requetelimpios y de níveos cabellos que le abrazan para darle las gracias y la enhorabuena, y las cartas se adaptan como guantes a la idiosincrasia de la parroquia. En la de vinos, corta pero bien seleccionada, con lógico predominio de los riojas y riberas tintos allá donde el chuletón sigue siendo el rey, el líder había seleccionado de antemano para mis amigos y para mí, el día de nuestra visita, un estupendo Viña Izadi Expresión, de modo que asunto resuelto. Por lo que se refiere a la manduca, comenzamos con unas anchoas espléndidas, un jamón ibérico que no les iba a la zaga y un revuelto de hongos más bien banal y algo insaboro, ¡ay!, decantándonos como plato principal por el rapa, abundante y magnífico de textura y jugosidad. Hay también platos como la verdura a la parrilla, alubias rojas o pochas con almejas en temporada, cola de merluza, cocochas, bacalao, solomillo y, naturalmente el emblemático chuletón de buey. Tras los fogones reencontramos al buen jefe de cocina Miguel Ángel Leal, tan clásico como los manjares salidos de sus manos de plata, así como a la solícita y eficaz jefa de sala Soraya Santiesteban. El interiorismo, sobrio y elegante, corresponde a Enrique Ruiz, y el aforo admite 115 comensales, más los 12 del privé, alejado del mundanal ruido.