Con un apretón de manos sellaron Eduardo Zaplana y Francisco Camps el armisticio en las hostilidades internas que vivió últimamente el PP en Valencia, con motivo del relevo en la presidencia regional del partido. La crisis se cerró ayer con la elección del presidente autonómico al frente de una directiva de integración. Mariano Rajoy impuso así su autoridad, neutralizó los intentos de los zaplanistas de evitar el nombramiento de Camps y logró pacificar la organización, al menos, hasta el próximo congreso regional de otoño. División interna El PP de la Comunidad Valenciana fue motivo constante de preocupación para Rajoy desde que fue designado sucesor de Aznar. La elección de Camps como presidente autonómico en las elecciones de la primavera del 2003, no supuso un relevo real en el partido porque su predecesor y entonces ministro de Trabajo, Eduardo Zaplana, no renunció a la presidencia de la organización como es habitual en el PP. Sectores afines al actual portavoz parlamentario en el Congreso se enfrentaron abiertamente al presidente autonómico cuestionando su autoridad. Zaplana había retado a la dirección de su partido el pasado 15 de abril cuando, mientras Rajoy debatía con Zapatero en la sesión de investidura, anunció por sorpresa su dimisión como presidente del PP valenciano y convocó a la Junta Directiva Regional para una reunión destinada a la elección de su sucesor en el cargo, el portavovoz del grupo popular en las Cortes valencianas, José Joaquín Ripoll.