Análisis
15 oct 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Simancas ha logrado el protagonismo absoluto en la campaña con su promesa de transporte gratuito para los menores de 21 y los mayores de 65 años. En la calle, los madrileños hablan y no paran de ella. Sus adversarios están a la defensiva y visiblemente afectados por este espectacular vuelta de tuerca. Esperanza Aguirre la califica de «pura demagogia» porque «tendrá que pagarlo el contribuyente» y afirma que la oferta de «gratis total» de los socialistas es una «demostración palmaria de desesperación». Hasta Fausto Fernández (IU) aseguró que, aunque le «suena bien», no se puede plantear «olvidando otras necesidades sociales». El aliado más débil lucha por conservar su parcela, sabiendo que puede resultar decisivo. El candidato socialista explica con una lógica indiscutible que su promesa es una «cuestión de prioridades» y que para él los jóvenes y los jubilados merecen una especial consideración. Además, para redondear la faena aprovecha para retar a Aguirre o a Rajoy a celebrar un debate sobre el asunto, dejándolos en evidencia al no aceptarlo. El coste de la traición En resumen, Simancas ha acertado de lleno y con este importante golpe de efecto se apunta un tanto de los que necesita muchos para dar la vuelta a las encuestas. Ése es el camino, la aportación de propuestas concretas, y no los insultos y descalificaciones que habían caracterizado sus intervenciones hasta ahora. La repetición de los comicios por culpa de los traidores Tamayo y Sáez va a costar a los madrileños 6 millones de euros, que financiará el Gobierno regional mediante una modificación del presupuesto de la Comunidad de Madrid. Según explicó ayer el vicepresidente primero en funciones, Carlos Mayor Oreja, el resultado se conocerá en torno a las diez y media de la noche. ¿Aunque sea tan ajustado como el 25-M y dé la victoria a la coalición de izquierda? Tras el escándalo de hace cinco meses, cuando el escrutinio estuvo paralizado sospechosamente durante horas, es imprescindible que en esta ocasión no haya ni sombra de duda y que, como sucede en cualquier país democrático, la informática funcione sin interferencias.