Obra maestra de sangre y barro

ESPAÑA

Mil ochocientos caracteres no dan para un filme que ya es historia en un cine una y otra vez resurgido de sus cenizas pese a que una y otra vez le dan por muerto. Gracias a Scorsese, genio de genios. Gangs of New York provoca de entrada deseos inmensos de asesinar al productor Harvey Manostijeras Weinstein, señor de enfermiza obsesión por pulverizar metrajes con los ojos fijados en la taquilla. Se habla de un primer metraje de ocho horas (imagínense la gozada...). Más tarde, Scorsese logró 200 minutos de su plena satisfacción, pero Weinstein quería más, los de ahora, cine puro, pero con asperezas narrativas derivadas de una insultante amputación. Sobre todo en el desenlace, cuando todo se precipita, con brillantez sin duda, pero con unas lagunas que el solvente guionista Steven Zaillian nunca permitiría. Nueva York es la cuna de Scorsese, nieto de emigrantes, como aquellos sobre cuya sangre mezclada con barro, se edifició una ciudad nacida entre el dolor y la violencia. Sobre la figura de Bill El Carnicero, fascinante recreación de Daniel Day-Lewis, pivota un universo infernal centrado en el barrio de Five Points, cloaca humana, en la que la banda de los Nativos mantiene un dramático y prolongado pulso con los Conejos Muertos de los inmigrante irlandeses. Un planteamiento que desmitifica a la gran leyenda americana. De ahí que la película resultase algo incómoda en su país porque a nadie agrada una realidad que ya el novelista Herbert Asbury recreaba con salvaje realismo. Prodigiosa obra maestra, cumbre del cine emocionante, mosaico de personajes, apoteosis visual. Sus primeros minutos cortan la respiración, los últimos la aceleran.