«Mi mujer, mis hijas y yo somos unos apestados». Estanis, edil socialista en Andoain, y su compañero José Antonio, cuentan cómo se vive en un pueblo donde manda ETA
13 feb 2003 . Actualizado a las 06:00 h.Llegar a Andoain cuando aún está caliente la sangre de Joseba Pagazaurtundua provoca escalofríos. No por el asesinato, al que ya se ha (mal) acostumbrado la gente tanto dentro como fuera del País Vasco, sino por la aparente sensación de normalidad que se respira en esta población guipuzcoana, situada a un cuarto de hora de San Sebastián. La plaza de la iglesia bulle de agitación: niños jugando, parejas de novios, padres charlando animadamente... Acaban de enterrar a su vecino, pero comulgan con ello. La Casa del Pueblo ha estado esta semana más concurrida que nunca. «Han venido periodistas hasta de Dinamarca», explican. La Ertzaintza patrulla ante la puerta, pero dentro saben que este gesto -por otra parte habitual- no sirve de mucho. Si alguien quiere atacar el local socialista no tiene más que esperar un par de horas, cuando la policía autonómica siga su ronda. Quizá por ello, y porque no es la primera vez que ven venir a treinta radicales con la cara tapada, las persianas metálicas del bar están echadas y nadie quita ojo a la trampilla que comunica con el sótano, por donde más de una vez han tenido que escapar como ratas cuando un cóctel molotov se ha colado dentro. Estanislao Amutxategi y José Antonio Pérez Gabarain pasan de los cincuenta, pero no han conocido el fin de la dictadura. «Somos bestias políticas que llevamos en esto unos treinta años, sufriendo lo que hemos sufrido con Franco y ahora con esto», explica el segundo. Junto a otros tres concejales forman el grupo municipal del PSE de Andoain. Todos eran amigos de Pagaza (como llamaban al policía local en su entorno) y todos se levantan cada mañana con la posibilidad de desayunar un café con leche y una ración de plomo. Tienen escolta permanente las 24 horas, les han quemado el coche, les insultan por la calle... «Estamos peor que con Franco», resume Estanis, y lo razona: «En el franquismo te podían meter en la cárcel, o te podían matar, pero a tu familia la dejaban en paz. Ahora no». Lo sabe bien: su hija se marchó a León, harta de tener que respirar el mismo aire que los terroristas. La historia se repite: «Hace veinticinco años no podía salir con mis hijos a pasear y ahora no puedo salir con mis nietos, porque me pueden poner una bomba». «En este pueblo y en este país -explica Estanis- la memoria histórica es cortísima y a los tres días se olvida uno de todo; bueno, se olvidan algunos, siguen viviendo como si nada hubiese pasado, por eso hay bullicio en la plaza. Es vergonzoso que no seamos capaces de expulsar a un alcalde que no ha condenado la muerte de un trabajador suyo». Su compañero José Antonio fue alcalde de Andoain dos legislaturas, 79-83 y 95-99. «Esta última coincidió con la tregua-trampa y nos sacaron 63 votos, pero luego perdieron las autonómicas, porque volvieron a matar -en mayo del 2000 fue asesinado José Luis López de Lacalle- y perdieron el 60% del apoyo. En este momento tendrían dos concejales en vez de cinco», calcula. Pero el terrorismo no es un problema de aritmética electoral. «En este país lo que quieren es el poder absoluto a través de las armas -interrumpe Estanis-. Pretenden instaurar una dictadura en la que solamente puedan participar los que piensan como ellos. Y, dentro de ese criterio, pues es normal que sigan matando, porque a través de la acción democrática no van a conseguir el poder para gobernar». «Es mi pueblo» Estanis trabaja en Cenia, una industria que construye ascensores; José Antonio era mecánico soldador hasta que su empresa cerró. Estos dos obreros del socialismo se han dejado la piel por su pueblo, y en su pueblo quieren quedarse. «Yo soy nacido en Andoain, mi madre y mi padre también, y mi abuelo, tengo los cuarenta apellidos vascos, es mi pueblo -dice Estanis-. Yo he luchado aquí contra el franquismo, he hecho el aprendizaje en la fábrica, tengo un puesto de trabajo, es impensable que yo me vaya para otro sitio». José Antonio es más concreto: «Irse, después de todo lo que está pasando, es de cobardes».