Son muchos los que se han acercado a ayudar al pueblo gallego en la limpieza de su costa. En su mayoría son jóvenes estudiantes, pero no faltan parados, jubilados o turistas extranjeros.
18 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Son las nueve de la mañana y me encuentro frente a una caseta instalada por la Xunta en el puerto de Corrubedo. Un pequeño pueblo pesquero situado entre las Rías Altas y las Bajas perteneciente al Concello de Ribeira. Hasta el hundimiento del Prestige apenas era conocido por las dunas de su parque natural. A esta hora es cuando los empleados de Tragsa, empresa contratada por el Gobierno gallego para coordinar las labores de limpieza, comienza a repartir a los voluntarios los equipos para desempeñar esta labor. Es mi segundo día y ya conozco a algunas personas que, como yo, esperan pacientemente su turno. Hoy han llegado grupos de voluntarios de diversas facultades de Santiago, lo que unido a los pedidos de los militares alarga un poco más la espera. Mientras, comentamos la dura jornada del día anterior. Frente a estos grupos de voluntarios que vienen organizados y el ejército, yo pertenezco a la denominada «patrulla de pueblo»»»««. Como en mi caso, en ésta también hay gente procedente de Madrid, como Enrique que fue con su hijo, y un amigo de éste, o Andrés, un jubilado que llegó a Corrubedo enlazando líneas de autobuses; de Barcelona, como Antonio o Meira, parado y estudiante respectivamente; de Inglaterra como Brigitte, que estaba de vacaciones en Francia; de Alemania, como Eddy, etc. Cada voluntario llega con su particular historia detrás. Cuando la conoces despierta cierta emotividad, especialmente entre los propios gallegos, que han visto sus costas teñidas de negro y que agradecen la presencia del forastero vestido con un mono blanco con un «gracias por venir». Otros, como Tucho, añaden: «Espero que la próxima vez que vengas sea para veranear». Una vez que tienes el famoso mono blanco, el impermeable, los guantes, las botas, la mascarilla y las gafas te cambias donde buenamente puedes, te los pones. Unas veces en los coches, otras en el garaje de alguna casa que te deja algún vecino. De ahí al lugar de trabajo. En principio los operarios de la Xunta nos envían a limpiar la playa del Prado pero la marea está alta y finalmente vamos a la de A Ladeira, donde estuvimos el día anterior. En esta zona se encuentran militares de la Brigada Paracadista de Alcalá de Henares pero, una vez metido en la batalla contra el chapapote (la simpática palabra a la que también se denomina mierda para asimilar más fácil lo que es), apenas se distingue quién es civil y quién militar, si no fuera por algún mando que coordina a su brigada. El mar dio una tregua y no nos cubrió con un manto negro la arena de la playa. Respetó la limpieza del día anterior, en el que durante más de seis horas no dejaron de desfilar por una cadena de más de doscientas personas capazos llenos de chapapote. Cadena que sólo se rompía por pequeños paréntesis de descanso: una veces esperando contendores vacíos, otras para beber agua o comer un bocadillo para reponer fuerzas. La paliza física fue brutal. Fueron cientos de capazos los que pasaron por nuestras manos y parecía que no se había hecho nada. En este segundo día el trabajo fue dintinto. La cadena del día anterior se había desintegrado en decenas de unidades que, arrodillado en la arena y con un capazo por compañero, se dedicaba a recoger el chapapote con las manos, galleta a galleta. En las rocas La marea que formábamos los voluntarios de blanco que combatía el fuel que vomita continuamente el mar estábamos muy concentrados en un pequeño espacio de playa. Por esto, Enrique, un jubilado vasco que se encargaba de coordinar a la patrulla del pueblo, pidió cinco personas para ir a una zona rocosa en la que apenas había gente y había mucho chapapote. Allí fui. Era una nueva variedad de limpieza, pero igualmente solitaria. El cansancio en este caso era psicológico: tú contra tu roca. Por más que recogías con las manos era poco y, además, siempre quedaba una fina película de fuel sobre la rugosa piedra. De vez en cuando te levantabas para respirar un poco y aprovechabas para preguntar algo a alguien y así salir de la abstración personal en la que te inmiscuías en la recogida de la mierda. De vez en cuando se oía alguna voz anónima que decía: «No os matéis a trabajar hoy que mañana seguirá habiendo para todo aquel que venga». Era la viva voz de la resignación de un pueblo asolado por una catástrofe que no parece tener fin. Por la noche estábamos convocados en Ribeira a una manifestación, una de las once convocadas ese día en toda Galicia, para reivindicar y gritar ante las autoridades: «Nunca Máis».