Santos

CRISTINO ÁLVAREZ

ESPAÑA

DE OSOS Y MADROÑOS

18 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

TENGO YO UN AMIGO que anda últimamente un tanto preocupado por cosas del santoral. O, por decirlo mejor, de lo que él llama «inflación» en la relación de difuntos elevados oficialmente a los altares, que le empieza a recordar los tiempos en los que si a un cristiano le cortaban el cuello por cualquier causa se le consideraba automáticamente «mártir» y, sin más, se le proclamaba santo. Por otro lado, le tranquiliza bastante esta avalancha de nuevos santos, porque le hace pensar que, efectivamente, «tó er mundo é güeno» y que el infierno debe de estar bastante despoblado. Pero, más que los santos proclamados oficialmente tales, de cuyos méritos no osa dudar, le preocupan los que están por declarar. Entre ellos, dos españoles: Isabel la Católica y Fray Bartolomé de las Casas. Cree que en estos casos no deberían opinar sólo los católicos españoles o amerindios, sino, en el primer caso, los judíos, expulsados a la brava de la España de 1492, y en el segundo los negros, especialmente los afroamericanos, ya que fue Las Casas quien, para proteger a los indios americanos, tuvo la idea de «importar», no menos a la brava, mano de obra africana para trabajar los campos del Nuevo Mundo. Por supuesto, mi amigo es consciente de que es imposible la unanimidad, y de que quien es santo para unos es un personaje indiferente, y a veces nefasto, para otros. Eso sí, mi amigo se pregunta por qué, con lo fácil que es ahora canonizar a la gente, sigue esperando turno Giuseppe Roncalli, el que murió como Juan XXIII y que, incluso en vida, fue conocido como «el Papa bueno». De todos modos, dice, el tema de la santidad ajena no es, precisamente, de los que le quitan el sueño.