Manzano, Ruiz Gallardón y Aguirre llegaron después de la inauguración del Congreso Regional
20 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.-«¿Por aquí no hay muchos políticos, eh?» -«Ninguno, ellos vienen en coches grandes, con los cristales oscuros y muchos escoltas. Yo prefiero el metro y así promociono el transporte público». La estación Campo de las Naciones tenía ayer más público del habitual. Algo importante ocurría cerca: ¿una feria, una exposición, un congreso? Unas banderas con gaviotas azules que volaban sobre unas inmensas letras rojas sacaban pronto de dudas: el PP de Madrid había congregado allí a 2.100 compromisarios y a unos cuantos invitados más para celebrar su XII Congreso Regional. A las diez de la mañana, todo estaba a punto. O casi todo. Unos albaniles enfundados en monos azules se apresuraban a pintar de blanco la puerta de acceso a la prensa. Por la entrada principal, decenas de policías aguardaban la llegada de los protagonistas. Y fueron llegando. El primero, el más madrugador, fue Pío García-Escudero, quien sin perder la sonrisa besó y abrazó a todo el que se le acercaba para darle la enhorabuena. Y eso que hasta las ocho de la tarde no fue reelegido. «Está muy guapa» Le siguió la otra estrella del cónclave, Esperanza Aguirre, que llegó con cara de susto. (No se sabe si por la gente allí reunida o porque, como dijo, Ruiz Gallardón le había dejado el listón muy alto). La todavía presidenta del Senado, con camisa granate y pantalón negro, contestó a las preguntas de los medios de comunicación sin perder de vista la mesa en la que cuatro mujeres vendían participaciones de lotería del número 45.502. «Fíjate como está de guapa. Está mejor que cuando la vimos ayer», susurraban unas mujeres que por la vestimenta y accesorios, faldas ajustadas a la cadera, tacones de aguja y collar de perlas, no parecía que habían llegado en metro. Alberto Ruiz Gallardón tampoco utilizó el transporte público, pero llegó tarde. El presidente autonómico puso su pie derecho en el hall del recinto 10 minutos después de que el presidente de la comisión organizadora declarara abierto el Congreso. Sus asesores no paraban de gesticular advirtiéndole de su retraso, pero él prefirió saludar a los que le tendían la mano. Y fueron unos cuantos. «¿Y el alcalde? ¿Cuándo llega el alcalde?». José María Álvarez del Manzano se hizo esperar. Su viaje a Cabo Cañaveral retrasó su llegada al Palacio de Congresos casi una hora y media. Y eso que es el presidente, porque así se lo pidió José María Aznar como agradecimiento por su labor desarrollada durante la última década en el Ayuntamiento. Pero la espera valió la pena. Al menos para el alcalde, que se llevó los aplausos más sonoros de la jornada, y para los populares que no recibieron con agrado su decisión de no presentarse de nuevo a las elecciones. «Lo que a mí me ha llegado es que ha sido él quien ha dicho que no, que ya son muchos años al frente del Ayuntamiento y que ya estaba un poco cansado», explica un compromisario de Alcorcón. La entrada de Manzano al salón que acoge el cónclave fue triunfal. Los compromisarios que no estaban fuera apurando la colilla de un cigarro o saludando a los colegas de otros pueblos se pusieron en pie y le aplaudieron hasta que ocupó su asiento presidencial. Derrochaba felicidad, casi en la misma cantidad que la ancianita que dirigiéndose a las cámaras decía: «Junto a mi familia, esto es mi vida». También es la de Carlos Iturgáiz, el más aclamado por la tarde. El presidente del PP vasco acudió como invitado al Congreso de una comunidad que, como la suya, sufre el azote del terrorismo, algo de lo que ayer también se habló en los corrillos.