Colectivos de familiares y agentes denuncian el «aislamiento» del resto de la sociedad que supone residir en viviendas del instituto armado
14 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.«Hoy en día, una casa cuartel de la Guardia Civil es un gueto, aislado de la población, sin convivencia alguna con ella, y ajeno totalmente a los problemas e inquietudes de ésta». Con esta rotundidad define la vida en estos centros Bárbara Campos, esposa de un miembro del instituto Armado y vicepresidenta de la Plataforma de familiares y simpatizantes por la dignidad de los guardias civiles. Según esta agrupación, uno de los grandes problemas de habitar en una casa cuartel es el del aislamiento. Esta separación de la sociedad civil influye en las relaciones humanas. «Quieras o no, -dice Campos- en la práctica, y sobre todo en pequeñas localidades, tus amistades acaban limitándose a familiares de miembros del cuerpo». Se quejan de que los agentes no pueden desplazarse a más de 50 kilómetros del cuartel ni en los días libres y tienen que estar localizables. Aunque no todos opinan igual. Un agente que vivió muchos años en una casa cuartel afirma que «una mujer de guardia civil hace la misma vida que la de cualquier ciudadano, y hay que entender que cualquier agente tiene una responsabilidad que hace imprescindible su permanente localización». Vigilada Otra esposa de guardia civil, Magnolia Fonseca, se queja de que, en el día a día, también se ven sometidas a relaciones de jerarquía los familiares, «aunque nosotras no decidimos entrar en el cuerpo, tan sólo nos casamos con uno de sus miembros». Magnolia asegura, además, sentirse «vigilada, porque en muchos casos hay un guardia en la puerta al que tienes que despertar para acceder a tu casa». Otra habitante de estas viviendas, Carmen Nogal, añade: «Tampoco tienes libertad para expresarte por miedo a que lo que digas perjudique la carrera de tu marido». Pone como ejemplo «un guardia civil de Santa Pola al que llamaron la atención sus superiores porque su mujer repartió propaganda de una agrupación». Los hijos también son víctimas involuntarias de esta estructura piramidal. Según el delegado en Alicante de la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), Manuel Martínez, «los hijos de los mandos son intocables. Si el chaval de un guardia de base pega a un mando, va a repercutir en la carrera del padre». Por el contrario, otro agente duda de que esto suceda realmente, y atribuye estas quejas a «una forma de justificar no haber hecho méritos suficientes para ascender». Por otra parte, Bárbara Campos añade que «en algunos cuarteles, los presos están en el primer piso del mismo edificio donde habitan las familias, algo que no creo que sea muy beneficioso para la educación de los hijos». Varios familiares de agentes aseguran que el ambiente en las casas cuartel es todavía más «asfixiante» para los agentes. La peligrosidad de su trabajo y las estrictas normas jerárquicas, han hecho de esta institución la que mayor índice de bajas psicológicas y suicidios presenta de todas las fuerzas de seguridad del Estado de la Unión Europea. Se cifran en 4.000 el número de agentes fuera de servicio por motivos de salud mental, es decir, un 100% más que la media española. Un miembro de la Comandancia de A Coruña no cree que estos datos sean fruto del aislamiento o la relación con los mandos, «sino de la peculiaridad de un trabajo en el que te juegas la vida a diario».