DESDE EL CENTRO
26 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.ETA DECRETA arbitrariamente sus sentencias de muerte. Es una banda criminal que no se rige por ningún principio. Son, simplemente, una banda organizada de asesinos que matan, coaccionan y chantajean. La obligación de cualquier Estado es detenerlos y ponerlos a disposición de la justicia. Es evidente que eso tiene que ir acompañado de las correspondientes acciones contra sus redes financieras o sus colaboradores. Está claro que Batasuna no ha adoptado, en ningún momento, un compromiso político frente a las armas. Por el contrario, se puede decir que jalea el terror ya no sólo porque sus militantes se convierten en pistoleros, sino porque a un atentado se refieren como «lo de Santa Pola», o al asesinato de una niña lo consideran como «consecuencia de un conflicto político». Por tanto, toda la sociedad, representada por el Parlamento, tiene que involucrarse en esa batalla contra el terror. No hay nada malo en aplicar la ley a un grupo terrorista y a todo su entorno. Una vez cumplidas escrupulosamente las normas constitucionales, resulta difícil entender las reticencias de los nacionalismos democráticos. ¿Cuántos crímenes más necesitan para reaccionar? ¿Es que creen que la ilegalización de Batasuna va a radicalizar más a una banda que no cesa de matar? ¿Puede permanecer inmóvil un Estado ante la repetición del horror? Se sabe que a ETA le mueve un desmedido fanatismo y un narcisismo extremo (con la glorificación de sí misma y al desprecio absoluto de los demás a los que no considera ni humanos). Esto quiere decir que la decisión que se tome con Batasuna no va a mover un ápice su instinto asesino. No obstante, la ilegalización podrá acabar con los que santifican públicamente sus «epopeyas sangrientas». La ilegalización de Batasuna no supone marginar ningún pensamiento político: la independencia, o la identidad cultural, o lo que sea, tiene en democracia sus cauces de expresión. Lo único que no vale es la dictadura con armas incluidas. La defensa de la democracia es básica para la convivencia. Y para que no nos maten más niños. O a cualquiera de nosotros.