Pistoleros

MANUEL MOLÉS

ESPAÑA

AL NATURAL

15 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

ESTE PAÍS se llena de mafias, de ciudadanos deleznables y peligrosos, acostumbrados a vivir de la extorsión, del tráfico de personas, de armas, de drogas y de la violencia. Ninguno de todos estos desembarcó en pateras, ni vino huyendo del hambre, ni buscan un trabajo honrado. Son los peores enemigos de sus conciudadanos y llenan las páginas de los diarios de muertes, de robos, de inquina y de xenofobia. Tengo amigos colombianos, gente buena y honesta, que cada vez que un paisano suyo aparece en la diana de los sucesos más horribles, sienten el dolor de compartir nacionalidad con especímenes tan violentos. Pero es la herencia de muchos años de un país donde la corrupción y las pistolas son el pan de cada día. Los narcotraficantes colombianos, los del cártel de Cali y de Medellín, y docenas de capos se rodearon de un ejército de civiles, una guardia pretoriana cuyo único mérito era su facilidad para apretar el gatillo. Eran los traquetos, los matones, los guardaespaldas, los pistoleros de los Rodríguez, Escobar, Ochoa y otros ilustres de la exportación de coca. Daban el cante nada más verlos. Camisa abierta, cargados de oro, los bolsillos llenos de dólares y balas, horteras y matones, del brazo de mujeres espectaculares a las que compraban perfumes caros y ropa de dudoso gusto. Su lenguaje era el revólver y su argumento, la muerte previo pago. Muchos de ellos se quedaron sin trabajo cada vez que detenían a sus jefes y ahora andan por el mundo, por España también, respondiendo a tiros incluso contra la policía. La última balasera ha sido en Madrid. Pero hay muchos más, y cada día cruzan las fronteras sujetos de este ejército de pistoleros sin amo y sin entrañas.