Qué duro es el verano

EDUARDO CHAMORRO

ESPAÑA

02 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

EL VERANO se pone recalcitrante, y eso no es bueno para nada. El aire acondicionado entra a escoplo por la garganta y fija carámbanos en las mucosas del gaznate acarreando unas toses como graznidos. En las Rías Bajas la hostelería se mosquea, y no hay rincón entre Portugal y el Mediterraneo sin una pareja discutiendo entre los calcetines de lana y el abanico. En Andalucía duermen con manta y juran que lo hacen con «una colchilla» para mantener el tipo. Hay sonrisas sardónicas entre quienes no han partido todavía hacia sus vacaciones, cuando piensan en los seres queridos que las están disfrutando y a los que imaginan como ristras vagabundas entre chiringo y chiringo, cabizbajos y con la mirada hundida en el chapoteo de unos pies calzados con botas contra la ventisca adquiridas como mal menor en un mercadillo bajo torvos nubarrones. Estos, quienes así padecen los infortunios de una metereología atraviliaria y sin Norte ni Credo, se consuelan acariciando la aviesa perspectiva de quienes se irán de vacaciones en agosto para ser devorados por las tormentas del verano y diezmados por las mayonesas no sólo hechas con los huevos bajo el mal de ojo de tanto aparato eléctrico, sino también conservadas más allá de lo que aconsejan las abuelas y, sobre todo, la Organización Mundial de la Salud. No hay más remedio que soportar el aguacero propio en el regodeo de lo que será el chaparrón ajeno. Esto no es un verano. Esto es un endemoniado ajuste de cuentas de no se sabe bien por qué. Este verano es una pugna de aviesos boletines metereológicos.