A Madrid le gusta lo gallego. Lo noté desde el primer día en que puse los pies en la estación de Chamartín, portando mi maletita de la señorita Pepis con aquel aire tan provinciano. Esta ciudad tiene un feeling especial con Galicia y con todo lo que de allí procede. Los gallegos tenemos aquí fama de nobles, de trabajadores, de gente de fiar. Yo, que ejerzo de gallega a lo bestia, cosa que no hago cuando estoy en Galicia, presumo de mis raíces por todas las esquinas de Madrid. Y funciona. Porque todo el mundo aquí ha estado alguna vez en Sanxenxo, o tiene un abuelo en Orense, o recuerda con añoranza a aquella novia gallega. Pero el punto débil por el que Galicia ha conquistado Madrid, estoy convencida, ha sido el estómago. En esta ciudad no existe nadie que se resista a una tabla de pulpo a la gallega o a un arroz con bogavante, y el albariño es el rey de los blancos.