«Estou asistindo a un cursillo», pudo leerse en una puerta ayer al mediodía. La puerta se encontraba en la planta sexta de los Nuevos Ministerios en A Coruña. Pocos leyeron la nota. El ambiente en el edificio era desértico. Quizá eran varios los funcionarios que atendían en ese momento a sus respectivos cursillos y no todos lo anuncian con un papel. Apenas se oían teléfonos. Cada tres despachos, dos estaban vacíos, y en el ocupado, de cada cuatro sillas sólo una ejercía su función. Urge un aviso al coordinador de cursillos, debería evitar que coincidieran todas las clases al mismo tiempo. En la quinta planta se oyen voces. ¿Algún funcionario que grita? No, es Manolo Lama cantando un gol en la radio. «Me gusta el Moro, vamos España...». El periodista abandona el inmueble poco antes de la una. Después de vagar en soledad por nueve plantas, se topa con siete personas que intentan entrar en el ascensor hablando entre ellos. «Pues a ver quién nos toca ahora en la siguiente fase». Quizá se refieran al profesor que les tocará en suerte en el próximo cursillo. El ambiente de los Juzgados era similar unos minutos antes. En los bares de la zona parace haberse declarado una guerra de sexos. Hombre y mujeres separados. Ellas ocupan las mesas más cercanas a la puerta y hablan entre ellas. Ellos colonizan la barra y le gritan al televisor. Dentro de los juzgados, la sala de pantallas de vigilancia se ha reforzado: los dos operarios habituales pasan a ser cuatro. Y entre los monitores, el más grande «vigila» un España-Paraguay. En la calle, las obras que a las diez de la mañana martilleaban los oídos de los viandantes, reducían sus decibelios un par de horas. «Es que con la que está cayerndo», justificaba un obrero. La lluvia, tan odiada en estas fechas, puede ser una excelente coartada. En el epicentro Negreira fue el epicentro del escaqueo, aunque el escaqueo deja de serlo cuando se hace por decretazo oficial. «A la hora del partido, todos al bar», ordenó el alcalde. Y allí se fueron, a Casa Barqueiro, un total de quince entre funcionarios y contratados por el Concello. Los «servicios mínimos» estaban más que cubiertos. Las cámaras de todas las cadenas nacionales seguían la evolución de los convocados en el bar. La expectación era mucha. En Corea, los periodistas de la radio nocturna le hablaron de Negreira a Camacho y a Villar. La fama mundial bien merecía unas horas de trabajo. En el bar.