Una isla que fue más afortunada que nunca

La Voz

ESPAÑA

: Angustia. La cara de un niño arrastrado por la corriente reflejaba el temor de quienes se quedaron en la ciudad, impotentes ante la amenaza del agua mezclada con lodo y piedras. La magnitud de la catástrofe deja al descubierto algunos aspectos relacionados con la seguridad, al margen de la excepcionalidad de la tromba caída en pocas horas, que parece que sorprendió demasiado a las autoridades. : Barrios en las laderas. Los mayores daños se concentraron en los barrios surgidos en las laderas de las montañas que rodean a la ciudad. En uno de ellos murió una niña, pero la desgracia pudo todavía ser mayor, pues las casas se derritieron al paso del barrizal que caía por los barrancos. : Cauces secos. En Tenerife abundan los cauces secos de ríos que en otra época regaban la ciudad. Hoy hay más de una construcción que corta el paso de una eventual riada. : Sensación de descontrol. Pese a que las autoridades aseguran que hubo una buena coordinación de las fuerzas de rescate y que estaba activado el plan de emergencia, lo cierto es que miles de ciudadanos que regresaban a sus domicilios tras disfrutar la Semana Santa en el sur de la isla vivieron un total desconcierto en plena autopista. No podían volver a la ciudad y tuvieron, los más afortunados, que dormir en hoteles de carretera. : Saturación. La isla está saturada y no cabe un alfiler más. El domingo sólo llovió, pero otra catástrofe mayor en esta isla volcánica podría traer consecuencias irreversibles. La pregunta es si sería posible evacuar a casi un millón de personas cuando una riada inutiliza a una ciudad de más de doscientos mil habitantes varias horas después de la tragedia.