Cruzando la «muga»

La Voz

ESPAÑA

La Voz de Galicia inicia una serie de reportajes sobre la influencia del terrorismo y el independentismo vasco en Francia

15 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Vera de Bidasoa es un pueblo navarro que vive y piensa en vasco. Sus bares cuelgan banderas del Athletic y de la Real en vez de las de Osasuna, se lee el Diario Vasco en lugar del Diario de Navarra y en las tabernas se oye música de trikitixa. Vera es además un lugar donde la política se vive de forma apasionada, donde las pancartas pidiendo la vuelta de los presos a Euskal Herria jalonan las farolas de la calle principal, hay huchas en los bares para fincianciar a Segi y buzones para escribir a los presos de ETA. En el colegio Rikardo Baroja se puede ver una pancarta que llama enemigo del pueblo al gobierno de UPN. «Vera ante todo es un pueblo contrabandista». El que habla es Jon Abril, responsable de Cultura del ayuntamiento, en manos de EH. Tras la Guerra Civil, la difícil vida del caserío y la proximidad de la frontera hicieron de Vera el lugar de paso de todo el contrabando francés. «Eso se nota en la gente, en el carácter. Hasta hace cuatro días, la mitad del pueblo se sentaba con los guardias civiles a jugar a las cartas para que la otra mitad pasara la mercancía del otro lado», cuenta Jon, que tuvo un proceso abierto en la Justicia por filmar un coche de la policía. Los pasos abiertos por los contrabandistas de entonces sirvieron a los mugalaris de ETA para pasar a sus militantes de un lado al otro de la frontera. Son zonas poco vigiladas. Vera y la comarca se convirtieron así en un lugar estratégico para la banda. Su importancia se mantiene casi hasta hoy. En marzo, dos de sus concejales fueron arrestados y acusados de pertenecer al aparato de mugas de ETA. En camino El Col d''Ibardin es el paso fronterizo más cercano a Vera. A él se llega por seis kilómetros de curvas de herradura que ponen a prueba la potencia del coche. Lo dejamos a la izquierda. Tomamos una de las sendas cercanas al macizo de La Rhune, un pico que se levanta más de 900 metros desde casi el nivel del mar. Es un paso histórico para los etarras. Poco vigilado, cercano a un funicular, con acceso fácil desde el lado francés y con poblaciones cercanas para refugiarse. En la cima del monte hay incluso algunos restaurantes. El camino se encrespa. Serpenteamos entre las hayas y esquivamos las zonas más difíciles. Nos falta el aire. Nos da por pensar en los etarras que cruzaron por aquí de noche cargados de explosivos y armas. Un suicidio. Entendemos porque, según cuentan, los mugalaris los atiborraban de concentrados de glucosa. Alguien recuerda la película de Imanol Uribe La fuga de Segovia: los presos huidos de ETA intentan cruzar la frontera por el monte y son capturados por la Guardia Civil. La niebla, aunque leve, nos hace sentirnos furtivos. Casi tememos que policías de tricornio y capa nos den el alto y no sepamos qué decir. Tras un rato de ascensión estamos ya en el lado francés. A lo lejos dejamos el paso de Ibardin, la carretera, la entrada oficial en Francia. A nuestros pies se extiende Askain. Más allá queda el mar y San Juan de Luz, nuestro destino, el primer lugar de refugio de los etarras. Pero esa es ya otra historia.