Aznar cumplió ayer con un rito que respeta desde su etapa de presidente autonómico. Vestido con un pantalón azul marino, zapatos castellanos, camisa de cuadros celestes sobre fondo blanco y quemado por el sol, el presidente, de la mano de varios niños, llegó a Silos. Afrontó el fin de las vacaciones con una comida frugal junto a los monjes, seguida de una cena golosa con la que un grupo de incondicionales de la zona le honran desde 1989. Aznar comió como los benedictinos: en un silencio roto sólo por la lectura de un texto sagrado. Los miembros de la abadía apuraron el menú del día para poder interrograrle sobre los disturbios de Génova y la antiglobalización. A los periodistas les dedicó una de sus chanzas: «Me gustaría tener en un álbum las fotos de estas visitas para ver como cambiamos con los años». Aznar posó con el abad, Juan José Lucas y el presidente de Castilla y León. El ministro de Trabajo y el secretario de Estado para Asuntos Iberoamericanos no quisieron estar en la foto. El momento menos agradecido de la tarde, eso sí, fue cuando uno de los monjes hizo la temida pregunta: «¿Y qué pasa con Gescartera?».