ANÁLISIS POLÍTICO Los herederos de Sabino Arana ponen en juego por primera vez su hegemonía EL próximo lehendakari será blanco y no negro. La atrevida profecía cinematográfica de Airbag no se hará realidad, pero sí es posible que de las urnas del 13 de mayo emerja el primer presidente vasco no nacionalista elegido por un Parlamento. Nunca hasta ahora los seguidores de Sabino Arana, en sus distintas versiones, habían sentido tan cerca la amenaza de perder.
26 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Planteadas desde Madrid como un dramático o esperanzador plebiscito que decidirá para siempre el futuro del País Vasco, estas elecciones tal vez no aclaren nada. Las seis votaciones anteriores muestran que un partido puede sufrir de repente un batacazo brutal -como el del PNV en 1986-, emerger de la nada -caso de Izquierda Unida en 1990-, consolidar una imparable tendencia alcista -como el PP en los 90- o pasar en cuatro años de la gloria al abismo, tal y como le sucedió a Unidad Alavesa entre 1994 y 1998. Aparentemente, de una elección a otra todo puede cambiar. Sin embargo, en el fondo casi nada varía. La mayoría nacionalista ha sido una constante permanente. Si se excluye a la ya desaparecida Euzkadiko Ezkerra de Bandrés, basculante entre las filas nacionalistas y autonomistas como ahora sucede con IU, la suma de PNV-EA y HB-EH arroja una sorprendente continuidad: 43 diputados en 1984; los mismos en 1986; 44 en 1990; 43 en 1994 y 41 en 1998. Este declive del final del siglo XX, provocado por el hundimiento de EA, el agotamiento del PNV y la gran irrupción del PP confiere, junto con la desquiciante actuación de ETA en los últimos meses, a la campaña que hoy se inicia una trascendencia única. Las encuestas solventes sitúan al nacionalismo con entre 36 y 39 escaños, quizá por debajo del listón de la mayoría absoluta, de 38 escaños. ¿Qué puede suceder? Mayor Oreja, lehendakari. Su única opción, una vez que EH ha dicho que acudirá al Parlamento, consiste en que PP y PSOE alcancen los 38 escaños. Ninguno de los sondeos conocidos hasta ahora se los da, pero se rumorea que el CIS posee uno con esos datos, que le otorgaría 20 o 21 al PP y 17 o 18 al PSOE. El plus que concede el sistema electoral a la provincia menos nacionalista, Álava, constituye la gran baza de Mayor. Un voto alavés vale cinco veces más que uno en Vizcaya, el feudo del PNV, y el doble que uno de Guipúzcoa, el principal bastión de EH. Redondo Terreros, lehendakari. Sería la gran paradoja, pues los socialistas entregaron en 1986 la presidencia al PNV pese a ser el partido con más diputados. Significaría también seguir los pasos del ya fallecido Ramón Rubial, que presidió la Euskadi preautonómica. La versatilidad del PSOE le puede permitir aún quedando tercero encabezar una coalición con el PP si es necesario el voto a favor o la abstención de IU, siempre y cuando no haya una mayoría nacionalista. La reelección de Ibarretxe. Si los nacionalistas logran más de 38 diputados, PNV-EA se toparía el 14 de mayo ante el gran dilema: reengancharse al tren de Estella -ahora manchado con la sangre del terror etarra- a fin de investir a Ibarretxe con el voto de Euskal Herritarrok o recomponer la locomotora de Ajuria Enea al objeto de gobernar de nuevo con el PSE. A votar de nuevo. Con el segundo Parlamento más atomizado de Europa -solamente le supera el de Bélgica- y el sistema de partidos más intrincado de los posibles -conocido como pluralismo polarizado- la disolución siempre es posible.