Lasarte: el día después

DAVID BERIAIN Enviado especial LASARTE.

ESPAÑA

IGOR AIZPURU TXEMA FERNÁNDEZ

ETA, CONTRA TODOS Lasarte, la localidad guipuzcoana donde ETA segó la vida de Froilán Elespe, se vistió ayer de luto para despedir al edil. Una multitud abarrotó la parroquia de San Pedro para dar el último adiós a su representante. Al finalizar el funeral, 30.000 personas recorrieron las calles de Lasarte al grito de «libertad».

21 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Eso fue casi lo único que se oyó el día después en Lasarte, un día después que se parecía demasiado al anterior. No habían pasado ni el dolor, ni la rabia, ni la indignación, ni la impotencia; ni mucho menos la sensación de que en esta tierra, mientras siga habiendo muertos, la libertad seguirá amenazada. Las personas que acudieron a la manifestación lo gritaron en sus consignas. Y lo decían también las pintadas en las paredes; alguien dedicó la noche a tachar cada pintada que había en favor de ETA y escribió con aerosol azul «Froilán». El día después se vivió entre la calle y las obligaciones de cada uno, entre la manifestación multitudinaria y el trabajo diario, con la normalidad abriéndose paso entre el horror. Lasarte era ayer un pueblo dispuesto a sobrevivir. Y a aprender. Lo que quizás diferenció la protesta de los lasertearras de todas las demás fue el ánimo que pusieron todos en que la condena no quedara ahí. Y que el repudio se refleje en las urnas y en la calle, con un rechazo total a los violentos y a quienes les apoyan. Sin miedo. Se repartieron panfletos en los que se podía leer «Frolián debe votar». Quizás por ese afán de aprender, de no cometer errores ni de reincidir en silencios, la pancarta que ayer volvió a presidir la manifestación decía: «ETA no, cómplices tampoco». Julio, que conoció a Froilán porque fue concejal en el vecino pueblo de Andoáin, y porque también es socialista, expresaba ayer esta voluntad de que las cosas no queden en la condena. «A mí esto de las manifestaciones no me convence mucho, no creo que sirvan, porque éstos son unos fanáticos y unos nazis, y no les importa». Con rabia en los ojos, Julio soñaba ayer con un lehendakari que cambie las cosas, acaso con uno socialista, y asegura que en las próximas elecciones todos se juegan mucho. Julio, al que no le gustan las manifestaciones, cuando la gente comienza a pedir libertad a gritos aprieta la boca y grita más fuerte que los demás. Mira alrededor y musita «eso es lo que les duele». Detrás de Julio, alguien no aguanta más y grita «así no podemos vivir».