El colectivo marroquí es el gran «beneficiado» del accidente del pasado miércoles En Lorca no hay luna verde. En Lorca, la luna es parda y, a veces, cuando la huerta medra, lo verde es el sol. Puro espejismo. Porque Lorca es una ciudad decididamente dudosa. Si ni siquiera se sabe con certeza cómo se llama lo que nace de la tierra: brécol, brécoli, brócoli. Parecen las palabras de una fórmula mágica, pero son sólo letra pequeña con la que se escribe, también, ecuatoriano, y marroquí, y jornal, y patrón, y paso a nivel sin barrera y sin papeles. Ojalá la letra pequeña, no más, estuviera en los contratos.
07 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Para sacar adelante a los hijos, hay que emigrar, como esos veinte mil ecuatorianos que viven en Murcia, catorce mil de ellos, sin papeles, y esos otros que han preferido irse a Londres, o al sur de Italia, empeñando su casa, sus animales, su finca y sus aperos para pagar los 1.500 dólares del pasaje (Quito-Lima-Buenos Aires-Sao Paulo-Madrid, que si es directo sube mucho) y mostrar otros quinientos en la aduana para hacerse el turista sin levantar sospechas. Los ecuatorianos, a diferencia de los mexicanos, prefieren Madrid a Nueva York, Barcelona a San Diego y Murcia a California. Entre otras cosas, porque entrar en España sigue siendo más fácil y, aunque más lejos, más barato. Hasta 3.000 dólares les cuesta a los ecuatorianos colarse en EE UU. Por eso, a los cuatro meses de parir a Anabela, Cruz Prieto salió de cuentas para venirse a España. Anabela, que ya tiene siete meses y no conoce a su madre, Antonela, su hermana mayor, de seis años, y Anabel, de cinco, quedaron allá, en Guayas, un pueblo del norte, a cargo de su abuela y de su padre, Alberto Arévalo, que al fin tampoco está, porque hace quince días que ha venido también para buscar trabajo. Y ahora viven los dos, con varias personas más del mismo pueblo, hacinados en un piso. Es costumbre, entre los ecuatorianos de Lorca, agruparse en los inmuebles por barriadas de origen: si no tienes a tus hermanos, al menos ten cerca a tus vecinos de toda la vida. Hacinados en un piso Aunque los lorquinos prefieren a los ecuatorianos antes que a los magrebíes -por eso de que «son más limpios, obedientes y pagadores»-, con la marejada inmigrante, el precio de la vivienda ha trepado hasta las nubes. Y hasta 110.000 puede costar la renta de un apartamento. Y hasta veintitrés personas se llegan a apretar en él para poder pagarlo, aunque lo normal es que no pasen de dieciocho. Allí comparten los encebollados, los cebiches, el caldo de papas y la guatita. Y algunos como María, que viene de Cuenca (al sur del país), les toca levantarse a las tres para prepararle la ropa, el desayuno y el almuerzo a la encargada, la señora M.H., que también es ecuatoriana pero tiene mucho poder. Dice María que M. H. jamás le pagó por ello. Levantarse a las tres y fregarle la casa para luego, a las cinco, largarse ellas dos, y todos los demás, a la plaza del Óvalo de Santa Paula, que es como una bolsa a la baja donde los valores, que son los brazos, siguen aumentando en número y se cotizan cada vez menos. En el óvalo, como en la bolsa, lo que compras tampoco se ve, porque, sin papeles, el dinero y los hombres no pasan de ser sólo fantasmas. Y quizás por eso, hoy, María se ha quedado sin trabajo. Desde la víspera de Reyes, María ni cocina ni va a la huerta. A ella, y a Wilfrido, un compañero nacido en Loja (también al sur de Ecuador), los han «botado» del trabajo. Ellos, como hasta ahora habían trabajado, no lo entienden, y dicen que la encargada se enfadó porque no le regalaron «canasta navideña». Pero lo cierto es que a raíz de lo del tren, los indocumentados lo tienen crudo para encontrar «enganchador». Los intermediarios El enganchador es el conductor de furgoneta o autobús que, mucho antes del alba, selecciona a los temporeros en el Óvalo para trasladarlos a la plantación o al almacén y hace de intermediario entre el «finquero» (encargado de la finca), y el obrero. Los braceros pueden cobrar por kilo recogido (unas diez pesetas), por caja (entre cien y doscientas, cuando es de cítrico) por hora (entre 500 y 680 pesetas) o por quincena (cuando enganchan a través de prósperas empresas de trabajo temporal como Presto Empleo, la más fuerte aquí y en Campo de Cartagena, con oficina en Lorca y en Torre Pacheco). Sea como sea, gane lo que gane, el trabajador suele tener que pagarle al enganchador, que puede ser asalariado de la finca, de la ETT o ir por libre, hasta mil pesetas diarias por el favor de haberse fijado en él, de haberlo escogido para bracear el campo.