José María Martín Carpena era un hombre corriente, que vivía en un piso de clase media y disfrutaba con el fútbol y las tradiciones Era, como tantos otros asesinados por ETA, un hombre normal y corriente. José María Martín Carpena tenía sus aspiraciones políticas colmadas con su concejalía, no esperaba hacer carrera en la política. Vivía en su casa de siempre, en el piso de clase media que compró de soltero en la barriada Nueva Málaga, una adquisición que, decía, era el negocio de su vida. Cuando llegó a la poltrona municipal, el cambio de estatus de este funcionario de la Seguridad Social no le hizo pensar en una residencia de más tronío. Disfrutaba con el fútbol, con las tradiciones de su tierra y era conocido por su carácter conciliador y tranquilo.
16 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Martín Carpena, de 50 años, casado y con una hija de 17, dividía sus amores deportivos entre el Málaga Club de Fútbol _acudía con regularidad al estadio de La Rosaleda_ y el Unicaja de baloncesto. Y, como no podía ser de otra manera para un malagueño, disfrutaba con la Semana Santa. Fue cofundador de la cofradía de la Nueva Esperanza, que todos los martes santos saca a la calle su imaginería. Por lo demás, no destacaba por nada en particular. Para sus vecinos era el «concejal del bigote» y así fue identificado por algunos cuando, atraídos por el estruendo de los seis balazos, se acercaron a ver qué pasaba. Su labor era reconocida, pero su nombre no estaba en la primera fila del escaparate. Llegó al ayuntamiento en abril de 1997 para sustituir a Juan Manuel Moreno, nombrado presidente de Nuevas Generaciones. En las elecciones municipales del año pasado, entró en el consistorio con todas las de la ley y no por la puerta de las suplencias. Logró la reelección en sintonía con su personalidad política, sin descollar. Ocupó el número 15 de la lista del PP en Málaga, partido que consiguió 19 concejales. Sin protección A pesar de que su nombre figuraba en papeles requisados a ETA, Martín Carpena no llevaba escolta ni tomaba especiales medidas de protección. El asesinato de compañeros suyos en el País Vasco y, sobre todo, los del edil sevillano Alberto Jiménez Becerril y su esposa, le descompusieron. Mas no por ello cambió sus rutinas y costumbres. Pensó, como muchos, que a él, un concejal malagueño de a pie, sin relevancia, no le iba a pasar nada. Ayer, la capilla ardiente se instaló, ironías del destino, en el salón de Los Espejos del Ayuntamiento de Málaga, el mismo en que el edil casó a muchas parejas y en el que prestaba a su despistado compañero de fatigas Antonio Romero la medalla para que el dirigente de Izquierda Unida hiciera lo propio, porque se le solía olvidar el adminículo ¿Quién se la va a dejar a partir de ahora?