«¡Mi hija no, por favor!»

PAVEL GÓMEZ Enviado especial SORIA.

ESPAÑA

ÁNGEL DÍAZ

TRAGEDIA EN LA CARRETERA Los padres de los jóvenes muertos en el accidente de Soria reconocieron a sus hijos a través de fotografías Los familiares de los jóvenes fallecidos en el brutal accidente de tráfico de Soria llegaron a la ciudad a altas horas de la madrugada de ayer. Los padres viajaron en la más absoluta incertidumbre. Fue una decisión del ejército de psicólogos _36 en total_ que logró mantener la lista de muertos en el más absoluto secreto. Pensaron estos médicos del alma que sólo con un rescoldo de esperanza se pueden afrontar los últimos 500 kilómetros de paisaje que tu hijo vio correr tras un cristal. Y estaban en lo cierto. Según el personal que atendió a los familiares, el momento más delicado de la larga noche de dolor no fue la visión del cadáver mutilado del hijo muerto, sino la salida de los autobuses, a la entrada de Soria, de los padres cuyos hijos les esperaban heridos, pero vivos, en el hospital adonde habían sido trasladados. La verdad desnuda cayó como una losa sobre el resto.

07 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

En el campo de Los Pajaritos, habilitado como mortuorio, la policía trató de guardar al máximo la intimidad de los padres. Pero a las 2.30 de la madrugada, cuando llegó el primero de los autobuses al campo, la barrera se desvaneció. Imposible silenciar el sonido de tanto llanto, de tanta angustia. Imposible, también, describirlo. Una madre recorría a duras penas los 50 metros que la separaban del interior del campo. «¡Mi hija no, por favor!, ¡Mi hija no!», repetía. Los otros dos autobuses no llegarían hasta las 4. En el campo, todo estaba previsto para mitigar al máximo el inmenso dolor. Comida caliente, agua, médicos, enfermeras y, sobre todo, muchos psicólogos. Tres viajaban en cada autobús para ayudar a los padres y en el campo había 22 más, cinco psiquiatras y dos curas. Los padres se enfrentaron al trámite judicial obligatorio, la identificación de los cadáveres. Sin embargo, esta no se produjo directamente, sino a través de fotografías de las caras. Sólo en un par de casos los padres pidieron expresamente contemplar las facciones desfiguradas de sus hijos frente a la hilera de cadáveres amortajados en uno de los gimnasios del polideportivo. El calor era el mayor de los problemas. Según iban siendo identificados, los cadáveres eran introducidos en un camión del matadero municipal, una escalofriante visión disimulada en las puertas del vehículo con una sábana con cruces rojas. Junto al camión, al aire libre, los padres fueron llenando una legión de sillas de madera. Poco a poco fue amaneciendo, en medio del velatorio.