Entre los siete sabios de Grecia, la mayoría eran legisladores
26 oct 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Francisco José de Caldas (1768-1816) fue un científico (naturalista, botánico, geógrafo, astrónomo), divulgador, ingeniero, militar y figura destacada en la independencia de Colombia, país donde por sus amplios conocimientos era conocido como el Sabio. Entre otras aportaciones a la ciencia, inventó un hipsómetro, aparato que sirve para medir la altitud de un lugar sobre el nivel del mar, que está basado en el descenso de la temperatura de ebullición del agua con la altura, pues al ascender disminuye la presión atmosférica. Participó durante cuatro años, con Celestino Mutis, en la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. En julio de 1810 se implicó en la gestación del movimiento independentista colombiano y desempeñó diversos cargos militares en la lucha contra el Ejército español. En 1816 fue capturado y sentenciado a muerte en consejo de guerra. Entonces pasaron a la tradición histórica las palabras del militar Pablo Morillo, quien negó su indulto afirmando: «España no necesita de sabios». Caldas fue fusilado por la espalda, el 29 de octubre, en la plazuela de San Francisco de Bogotá. Hace ahora 200 años.
Según los historiadores, es posible que Morillo -quien por cierto había sido protagonista en julio de 1809 de la victoria española en Ponte Sampaio, ante el mariscal francés Ney- nunca pronunciase esa frase. En todo caso no era original, pues pocos años antes un juez de la Revolución francesa, presionado para salvar la vida de Antoine Lavoisier, padre de la química moderna, mandó al patíbulo al científico declarando que «la République n’a pas besoin de savants ni de chimistes; le cours de la justice ne peut être suspendu» (La República no necesita sabios ni químicos; no puede interrumpirse el curso de la justicia). Lavoisier fue guillotinado a las cinco de la tarde del 8 de mayo de 1794. El día siguiente, el físico y matemático Lagrange afirmó: «Ha bastado un instante para cortarle la cabeza, pero Francia necesitará un siglo para que aparezca otra que se le pueda comparar». No sé si un siglo, pero en general, los sabios no abundan, no en vano fray Luis de León dejó escrito aquello de seguir «la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido».
Al margen de si estorban o no a los militares y a los jueces revolucionarios, los sabios escasean. Por ello, digo yo, ha de reconocerse su nombre. Si hemos de acudir a las raíces, la primera lista conocida es la de los siete sabios de Grecia, título que la tradición asignó a otros tantos pensadores del siglo VI antes de Cristo. Su mención más antigua consta en el Protágoras de Platón, quien puso en boca de Sócrates estos nombres: Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, Solón de Atenas, Cleóbulo de Lindos, Misón de Quene y Quilón de Esparta. A cada uno de ellos se le atribuye una máxima y, comenzando por el «conócete a ti mismo» de Tales, las demás abundan en ideas de reflexión, moderación, prudencia, mesura, humildad, realismo y previsión. Quizás no sea extraño el que predomine la línea moralista, pues con la excepción de Tales, que fue filósofo -y hoy diríamos que también matemático y científico-, a los demás podríamos incluirlos en la categoría de legisladores o políticos.
Creo interesante pensar que aunque comúnmente se relacione la idea de sabio más con el científico que con el legislador, y los dos casos citados así lo corroboran, quizás no deba ser así. Más aún, reflexionemos con la frase del filósofo moralista Epicteto de Frigia, un devoto de Sócrates y Diógenes, que encabeza la relación de citas célebres. Tiene razón, necesitamos sabios en la política. Y, curiosamente, si repasamos el resto de las citas vemos que de nuevo se celebran aquellas cualidades que agradeceríamos a nuestros legisladores. Nos hace falta. Sin duda, España necesita sabios.
Citas
El sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos
Epicteto de Frigia (55-135)
El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca
Immanuel Kant (1724-1804)
El arte de ser sabio consiste en saber a qué se le puede hacer la vista gorda
William James (1842-1910)
No es sabio el que sabe donde está el tesoro, sino el que trabaja y lo saca
Francisco de Quevedo (1580-1645)
Lo adecuado es ceder ante la ley, ante el gobernante y ante el más sabio
Demócrito de Abdera (460-370 antes de Cristo)
Ningún hombre sabio quiso nunca ser más joven
Jonathan Swift (1667-1745)
El hombre sabio, incluso cuando calla, dice más que el necio hablando
Thomas Fuller (1608-1661)
Actividades
1. ¿A quién puede calificarse de sabio en la España de hoy? ¿Son conocidos los sabios? ¿En qué ámbito profesional crees que será más probable encontrarlos? Debatid en clase para elegir a personas que a juicio de la mayoría se merezcan ese calificativo. ¿Qué criterios se defienden para proponerlas?
2. La batalla de Ponte Sampaio supuso la expulsión de los franceses de Galicia. Haz una cronología de los principales hechos de esa ocupación durante el año 1809, en los cinco meses que van desde la toma de Lugo el 9 de enero hasta el 9 de junio, con la retirada de Ponte Sampaio. Representa en un mapa de Galicia todos esos hitos.
3. A Alfonso X de Castilla (1221-1284), llamado el Sabio, se le reconoce por su obra literaria, científica (sobre todo, como astrónomo), histórica y jurídica. Escribió personalmente la música y la letra en gallego (idioma que había aprendido durante sus estancias como infante en Allariz) de las «Cantigas a Santa María». Aquí puedes escuchar la cantiga número 100: «Santa María, estrela do día»: https://www.youtube.com/watch?v=GtYOx37bX6g
4. Se dice que Lavoisier es el fundador de la química moderna porque fue quien formuló la ley de conservación de la materia, que es históricamente la primera ley cuantitativa de la química. ¿Cómo explica Lavoisier que algunos metales ganen peso al calentarse?
5. Tras experimentar, Caldas concretó que «la temperatura del agua destilada, en ebullición, es proporcional a la presión atmosférica». Al igual que disminuye con la altura, aumenta si la presión gaseosa sobre la superficie del agua es mayor. En ello están basadas las ollas de presión. En su interior el agua hierve a más de 100 grados, y al estar a mayor temperatura, los alimentos se cuecen antes. Busca información suficiente para comparar los tiempos de cocción, con y sin olla de presión, de las legumbres más utilizadas en tu casa.