La transición hacia el uso generalizado de energías renovables depende de la creación de sistemas de almacenamiento que anulen la dependencia de la situación meteorológica
29 may 2013 . Actualizado a las 07:03 h.Como consumidores, apenas recordamos la compleja red de sistemas que nos permiten vivir tranquilos, esperando plácidamente que siempre que deseemos encender una bombilla, un electrodoméstico o cualquier otro aparato tendremos energía para ello. Vivimos con la falsa ilusión de que esto es natural, que no puede fallar.
Pero cuando falla, aunque sea brevemente, las calamidades que desencadena permiten vislumbrar la terrible catástrofe a la que nos podríamos encaminar si no existieran estos sistemas de suministro eléctrico; pensemos en los servicios de ascensores, semáforos, transporte subterráneo, túneles, quirófanos, aeropuertos? Nueva York sufrió un apagón entre el 13 y el 14 de julio de 1977 provocado por la caída de un rayo. Fue necesario evacuar a unas 4.000 personas que habían quedado atrapadas en el metro y proteger miles de negocios del vandalismo; aun así, fueron saqueados unos 1.600 comercios y se declararon algo más de 1.000 incendios.
APAGAR Y ENCENDER NO ES TAN FÁCIL
En este mundo ansioso de energía no debería parecer extraño el problema de obesidad que sufre gran parte de la población. Y es que la naturaleza ha dotado a los animales de procesos bioquímicos para que la energía que comen de más puedan acumularla en forma de sustancias (fundamentalmente grasas) que utilizarán cuando las necesiten. Sin embargo, lo que nos sucede biológicamente con cierto desagrado lo perseguimos en la tecnología, aunque aún no lo hemos conseguido, pues almacenar la energía eléctrica sigue siendo uno de los principales retos tecnológicos.
Por eso resulta fundamental en los países desarrollados el control de la red eléctrica y de la energía que se vierte a ella, pues, al no poderla almacenar, un exceso podría fundir los tendidos eléctricos, mientras que un defecto impediría el funcionamiento de máquinas y servicios. De ahí que las centrales de producción, sean nucleares, térmicas (las que queman combustibles fósiles), hidroeléctricas, eólicas u otras, deban conectarse y desconectarse a la red en función de la demanda, que es muy variable a lo largo del día y del año. Y el control de esta red es complicado, pues algunas centrales tardan horas en apagarse o en ponerse en funcionamiento.
Almacenes de energía
Una forma sencilla de almacenar energía es bombear agua hacia arriba en los embalses. Se trata de un sistema muy eficiente, pues cuando el agua vuelve a caer, se recupera entre el 75 y el 80 % de la energía invertida en subirla. Alemania posee varias centrales de este tipo, pero solo podrían acumular la energía suficiente para mantener el consumo energético del país durante media hora.
Otro procedimiento que se ha probado es el de comprimir aire, inyectándolo en cavidades subterráneas herméticas. Hay una central de este tipo en Alemania y otra en Estados Unidos. La eficiencia es menor, pues solo recuperan el 40 % de la energía en la europea y el 54 % en la americana. La ventaja es que apenas modifican el paisaje.
El problema que tiene el almacenamiento de la energía eléctrica en forma de calor es que al recuperarla se pierde mucha cantidad. Aun así, se han desarrollado diferentes sistemas. El agua es una de las sustancias que mejor acumula calor. La calefacción del edificio del Parlamento alemán, por ejemplo, se mantiene con el calor sobrante de una central térmica que calienta el agua, que se transporta a 300 metros de profundidad. También se emplean otras sustancias, como las zeolitas (minerales porosos) y algunas mezclas de sales.
En una central solar española se calienta unas 30.000 toneladas de sal fundida hasta unos 400 grados centígrados; por la noche, la sal se deja enfriar hasta 300 grados, y el calor desprendido genera electricidad.