Algunas situaciones frecuentes en la integración de los menores
25 abr 2012 . Actualizado a las 12:34 h.A Álvaro lo fueron a buscar a Colombia sus padres adoptivos cuando ya había cumplido los seis años de edad. Su proceso de adaptación al colegio no fue fácil. Al principio no se quería separar de sus padres y no confiaba en su profesora, que hacía todo lo posible para que se sintiera a gusto. Lloriqueaba, se enfadaba sin motivo, tiraba del pelo a sus compañeros y se negaba a hacer las tareas de clase. Esta primera fase le duró más o menos hasta mediados de curso. Luego las cosas mejoraron, aunque su comportamiento seguía siendo inestable y su atención, dispersa. Al año siguiente se observó una evolución positiva: al menos respetaba las normas del aula y se llevaba bien con sus compañeros. Pero aún no había alcanzado el ritmo escolar que le correspondía. Así que, a lo largo de toda la educación primaria, necesitó recibir refuerzo por parte del profesor de apoyo y mucha atención y afecto por parte de sus padres. Poco a poco se iban notando los avances. Hoy Álvaro cursa el último año de Periodismo: su familia se siente orgullosa de haberlo ayudado a conseguirlo. Todos los sacrificios y esfuerzos... han merecido la pena.
Los trastornos emocionales, las dificultades de aprendizaje y los problemas de comportamiento (impulsividad, hiperactividad y déficit de atención) son los tres trastornos más frecuentes en el niño adoptado. Su presencia e intensidad va a condicionar el proceso de adaptación al ámbito escolar, que suele estar influenciado por al menos seis variables:
1. La edad en el momento de la adopción. En principio, cuanto menor sea el niño más fácil va a resultar su proceso de adaptación.
2. Presencia o ausencia de malos tratos. El hecho de que el menor no haya sufrido daños físicos ni psicológicos se convierte en un indicador positivo.
3. Presencia o carencia de vínculos de apego: no haber disfrutado de relaciones seguras y estables con adultos en los primeros meses o años de vida los hace más vulnerables. Esa relación puede referirse incluso a familiares lejanos o profesionales de instituciones de acogida. Así, el hecho de haber establecido al menos una relación afectiva positiva con un adulto (el abuelo, una cuidadora...) vacuna al menor desde el punto de vista emocional.
4. Cantidad de tiempo de la experiencia de abandono y de institucionalización. El pronóstico es peor cuanto más largo es el período de desatención y carencias afectivas.
5. Edad en la que se produjo el abandono. Cuanto más joven es el niño abandonado, peores son las secuelas. En los primeros meses y años de vida, existe una plasticidad neuronal y emocional que determina su posterior desarrollo.
6. Recursos de apoyo y medidas compensadoras de los daños sufridos. El hecho de que tras el abandono se pongan en marcha medidas adecuadas (acogidas temporales, instituciones con recursos materiales y humanos...) favorece el futuro proceso de adaptación social, personal y escolar.
En definitiva, es importante tener en cuenta que cada niño tiene su propio ritmo de evolución, tanto físico como emocional. Forzarlos a alcanzar el nivel escolar de sus compañeros puede provocar el efecto contrario al que se pretende. Bastante más importante es estimular su motivación para el aprendizaje, su autoestima y la seguridad en sí mismo.