El futuro también vota

Centenares de padres acudieron ayer acompañados de sus hijos a ejercer el sufragio en Ames, el municipio con la media de edad más joven de Galicia


bertamiráns / la voz

Carritos de bebé, sol, algarabía infantil, embarazadas, calor... ¿Estamos en Galicia? Aunque no lo parezca, sí; estamos en Bertamiráns, donde su joven población (la media de edad en Ames es de 38,6 años), acudió ayer a votar rodeada de la chavalada que singulariza este atípico concello. Todos los votantes tenían que acudir al pabellón polideportivo de Bertamiráns, donde se agruparon las nueve mesas electorales. Y, desde primera hora, la alegría que supone tanto infante, se notó.

Por si fuera poco, justo enfrente del polideportivo se celebraba la Ames Cup, una competición de fútbol infantil con un partido detrás de otro. Así que cada poco se cantaban goles y se celebraban victorias. Una fiesta, vamos. «Yo vengo a votar con más ilusión aún que la vez anterior», decía de buena mañana Sara, una joven madre de 32 años que había subido la cuesta con el carrito que transportaba a su bebé: «Está claro que ahora votas pensando en el futuro del niño. Más que en el nuestro. Que es lo que tenían que haber hecho en el Reino Unido». Antes que con ella ya había hablado con Pilar y Manuel, una pareja de 36 y 38 años, que fueron a votar acompañados de sus tres hijas: «Venimos más temprano porque en mi casa los horarios empiezan a las seis y media de la mañana», decía Pilar, mirando a la más pequeña, que no se daba por aludida. Añadía que con tres retoños es bastante: «Porque la economía no da para más» y manifestaba su deseo de que se produzca un cambio.

A cualquiera que se le pregunta por la vida en Bertamiráns, responderá más o menos con buenas palabras. Vivir rodeado de niños es vigorizante: «Esto da mucha alegría», dice Juan Bautista, un prejubilado leonés de 57 años que aterrizó en Bertamiráns por estar cerca de su hija estudiante y se quedó hasta nueva orden: «Aquí es donde realmente se debería invertir -afirma- porque es donde está el futuro». 

Más cosas por menos dinero

«¡Mamá, mamá! ¿Es aquí el cumpleaños?», pregunta una pequeña gemela. «No, al cumpleaños vamos después», responde su madre mientras tira de las dos niñas hacia el interior del colegio: «En realidad tengo cuatro. Las otras tienen 17 y 15. Estas vinieron para animar el percal y nos tuvimos que mudar desde Sigüeiro a una casa más grande. Aquí por menos dinero tienes más cosas», responde María Jesús, de 46 años.

Ella forma parte de ese pequeño ejército de familias gallegas que nutre concellos como Oleiros, Salceda, Barbadás, Narón... donde realmente reside el futuro de Galicia. «A nosotros nos gustaba Santiago, pero los pisos que podíamos comprar eran inhabitables. Por aquel precio, aquí tenemos hasta piscina», explica Nuria, una periodista en paro a la puerta del colegio electoral después de acomodar a su bebé en el coche. Dice sin embargo que está cabreada y su marido asegura haber cambiado el voto: «Con la ilusión de que esta vez sí haya un Gobierno. Aunque, como dice mi padre, son los mismos perros con distintos collares».

La verdad es que el personal sale un poco mosca del colegio. La mayoría creen que los resultados apenas variarán aunque paradójicamente confían en que se produzca un desbloqueo: «Yo al menos tengo la ilusión de que las cosas vayan a mejor», expresa Mariana, una embarazada de 38 años. Ella es argentina y su pareja, uruguayo: «Estamos en el sitio adecuado para que nazca nuestro hijo», opinan.

Claro que no todos los votantes son tan jóvenes: «Cuando yo vine a vivir aquí, casi no había ni casas», dice Santiago, un señor de 79 años que confiesa estar «un poco mareado con tanta campaña». No tiene hijos ni nietos, pero le gusta que haya juventud cerca: «Además, yo vivo a las afueras, así que no me molestan».

A nueve kilómetros, en O Milladoiro, el paisaje era similar, solo que con algunos años más. No muchos. Como si los niños de Bertamiráns ya se hubieran hecho adolescentes: «Ya he votado cuatro veces con esta», decía Lorena, de 20 años. Era un bebé cuando se estableció allí: «Está bien -dice refiriéndose a su pueblo con un poco de fastidio-, pero podría haber más fiesta». Su madre, que está a su lado, sonríe: «Cada uno pide por lo suyo», justifica.

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