Rajoy se prepara para controlar el proceso de su sucesión en el PP

Confía en gobernar y seguir al frente, pero si fracasa quiere impedir que los aznaristas retomen el control e impidan la renovación


Madrid / La Voz

Mariano Rajoy lleva 27 años en la ejecutiva del PP. Cuando Manuel Fraga refundó en 1989 la vieja AP para crear el partido de la gaviota, el hoy presidente del Gobierno en funciones ya estaba instalado en la sala de mando de Génova. Y desde entonces no ha salido de allí. Las ha visto de todos los colores y conoce la casa mejor que nadie. Tras su derrota en el 2008, tuvo que luchar a brazo partido para mantener el timón de la nave. Sus enemigos eran entonces muchos y poderosos, empezando por José María Aznar y por una Esperanza Aguirre que en ese momento estaba en pleno apogeo. Y, a pesar de ello, salieron derrotados por un Rajoy que supo maniobrar y ganarse el apoyo de los barones clave. Aquellos fueron sus días más difíciles en el partido.

Siete años después, y tras conseguir en el 2011 la mayor victoria de la historia del PP, se encuentra mucho mejor armado para hacer frente a los nuevos intentos de rebelión interna. Rajoy sabía, porque le habían mandado ya serios avisos, que sus enemigos aguardaban su caída en estas elecciones para volver a la carga. Pero incluso a alguien con tanta experiencia como él le sorprendió que José María Aznar no esperara siquiera a que fracasara en su intento de gobernar y se plantara el lunes en el comité ejecutivo del PP para cuestionar la evolución del partido, reclamar una «reflexión profunda» y desafiarle públicamente y delante de toda la dirección a convocar un «congreso abierto» para que «los militantes puedan definir el futuro de nuestro proyecto y elegir la dirección del partido».

Seguirá si hay nuevas elecciones

Esa actitud molestó incluso a quienes comparten que es necesaria una reflexión, porque todos, incluido Aznar, están de acuerdo en que no hay más remedio que intentar pactar con el PSOE. Y, con su intervención, el expresidente del Gobierno da por hecho que el líder de PP va a fracasar, lo que le debilita. Rajoy se tomó esa afrenta como lo que es, una declaración de guerra, pero se limitó a responder con flema que el congreso se celebrará porque toca, no porque Aznar lo pida, y que se presentará a la reelección porque se siente «con fuerzas».

A algunos les sorprende que adelante semejante cosa antes de saber si va a gobernar o no. Nadie cree que si no lo consigue se vaya a pasar cuatro años como líder de la oposición en el Congreso. Pero el mensaje que lanza implícitamente Rajoy a sus críticos es que si se repiten las elecciones será candidato otra vez. Y que si al final no gobierna, no se irá a casa dejando el partido en sus manos, sino que tratará de controlar su sucesión, como hizo el propio Aznar cuando lo eligió a él a dedo. Más que para el relevo, que se antoja prematuro, ese congreso serviría por tanto para medir fuerzas y formar una nueva dirección, que será la que controle la renovación del líder y del discurso que vendrá luego.

Si Rajoy gobierna, nadie le va a mover la silla, por más que Aznar y Aguirre llamen a la sublevación. Pero en caso contrario, habrá batalla. Además de esa vieja guardia, que exige regresar a las esencias más conservadoras pero que es ahora mismo minoritaria y carece de apoyos suficientes, hay otro sector que está cansado ya de que el PP no pueda quitarse la etiqueta de partido rancio, dirigido por personas alejadas de las tendencias sociales emergentes y de unas bases jóvenes que se desconectan porque no se sienten protagonistas, al contrario que en otras fuerzas políticas. Un grupo harto también de que Pedro Arriola lleve 25 años diciéndole al PP lo que debe hacer.

El líder mueve piezas

En ese frente, todavía difuso, ve Rajoy el futuro del partido, y no en el viejo aznarismo. Es consciente de que el último lavado de cara de la dirección decepcionó, porque malamente puede haber renovación si alguien como Javier Arenas sigue en la cúpula. Pero ha movido piezas de cara al futuro para tener también peones en ese sector renovador, como la de dar visibilidad a Pablo Casado, que conecta con los jóvenes y es de la generación de los líderes del resto de partidos, y promocionar a Cristina Cifuentes, verdadero valor al alza y que disputa ahora precisamente a Pablo Casado el futuro liderazgo del PP madrileño para sustituir a una Esperanza Aguirre que quiere morir matando y que ayer destacó los «muy buenos resultados» obtenidos en Madrid el 20D frente a los «decepcionantes» a nivel nacional.

En medio de esa batalla se sitúan los que hasta ahora se habían considerado sucesores naturales de Rajoy, con Alberto Núñez Feijoo y Soraya Sáenz de Santamaría a la cabeza. Pero se han desgastado tanto defendiendo al líder que empiezan a ser percibidos como una opción demasiado continuista. Y si no dan un paso al frente, perderán el tren.

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