Para poder hay que querer


Es verdad que no debe abordarse una reforma constitucional sin un consenso máximo. Pero también es cierto que ese consenso es imposible si el partido mayoritario no hace nada por propiciarlo. La postura del PP es ventajismo puro. Como en el caso catalán, se atrinchera en el statu quo para negarse a cualquier cambio. La ley no puede ser utilizada como escudo inmovilista. Cuando las necesidades mudan, la norma debe adaptarse a esa nueva realidad. Si no, se queda obsoleta y se convierte en un obstáculo más que una herramienta al servicio de la sociedad.

La Constitución, y más aún una determinada interpretación de la Constitución, ha devenido en un dique que impide resolver problemas que el paso del tiempo ha dejado al descubierto, como el desbarajuste territorial, la colonización política de instituciones como el Tribunal Constitucional o el Consejo del Poder Judicial, la esclerotización de otras como el Senado, o la inadecuación del sistema electoral.

Tampoco es bueno mitificar la reforma constitucional, como si con ella se resolvieran todos los problemas. Ni se puede plantear como una especie de tabla rasa, porque además de innecesario sería una locura. La reforma es necesaria porque sin ella ciertas soluciones son imposibles. Y, sobre todo, porque obliga a los partidos a negociar y encontrar respuestas adecuadas. Ya que lo más importante es recuperar la voluntad de consenso.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
3 votos
Comentarios

Para poder hay que querer