Por qué tienen que pactar PSOE y Ciudadanos


Ganadores y perdedores de una noche inolvidable. Ganan Pedro Sánchez y sobre todo su politólogo de cabecera, Iván Redondo, que fue quien lo convenció para presentar la moción de censura hace un año, cuando el PSOE iba camino de convertirse en tercera fuerza, y quien fijó la fecha de estas elecciones. Pierden Susana Díaz y el resto de barones socialistas. Salvo el valenciano Puig ninguno quería coincidir con Sánchez en las autonómicas y locales, y ahora se tiran de los pelos.

Ganan Rivera, Arrimadas y quienquiera que haya ideado la inexplicable estrategia de girar a la derecha y vetar a Sánchez. A ver cómo salen ahora del paso, pero son claros ganadores.

Pierden la pareja de Galapagar, Ada Colau y sus franquicias gallegas, que han acabado prácticamente con la presencia del nacionalismo gallego en Madrid. Pierden Pablo e Irene, gana Errejón. En Cataluña pierden PP, Puigdemont y Torra, y gana Junqueras.

Pero sobre todo pierden Casado, Abascal y por tanto Aznar, que ha criado cuervos y se ha quedado sin cuervos y sin ojos. Y probablemente ganan Ana Pastor y Feijoo.

Es decir, ganan los moderados. Y las moderadas. Estas elecciones las han ganado las mujeres españolas. Madres, esposas e hijas que llevan años clamando en el desierto del machismo, y que justo ahora, cuando el mundo avanza en un camino que no tiene marcha atrás, se veían recluidas otra vez en la cocina a la hora de los toros.

¿Por qué tienen que pactar PSOE y Ciudadanos? ¿Por qué están condenados a entenderse Sánchez y Rivera? Primero, porque no van a tener otro remedio, aunque no quieran. Pedro estaría encantado de pactar con Ciudadanos a cambio de la cabeza de Albert. Y viceversa. Pero les ha ido a ambos demasiado bien como para que sea posible.

Segundo, porque Sánchez y España no pueden permitirse otro gobierno Frankenstein manejado desde Waterloo o Estremera. Y la versión light de Frankenstein, o bien no suma, o es imposible y en todo caso sería carísima: PNV pasando la factura habitual y los valencianos de Compromis, que ya han dicho que para sentarse a hablar habría que empezar por condonar la deuda de los años de vino y rosas de Zaplana y Camps. Revilla en Cantabria, los canarios al mejor postor... No suma y es lo mejor que puede pasar.

Rivera y Sánchez tienen que entenderse, aunque sea a costa del deseo mayoritario de sus respectivas parroquias, porque cualquier otra alternativa es peor.

Sánchez intentará seguir gobernando en solitario, haciendo de su capa un sayo todos los viernes a golpe de decreto, pero ahí se encontrará con el deseo indisimulado de Iglesias de ser vicepresidente. O ministro del Interior o coronel de la Guardia Civil o lo que le dejen.

Y lo lógico es que a Rivera se le suban los diputados a la cabeza y quiera hacerle la opa al PP. Pero si no da el estirón y hace valer el apoyo recibido, corre el riesgo de seguir en la adolescencia política para siempre.

PSOE y Ciudadanos tienen que llegar a un acuerdo porque, contra cualquier pronóstico y cualquier encuesta, España ha votado moderación, justo cuando parecía que entrábamos en un período oscuro de vuelta a lo peor del siglo pasado. No es imposible, nunca lo admitirán antes de las municipales del mes que viene. Pero es lo mejor para todos. Un Gobierno estable, moderno y que de una vez por todas se ocupe de los problemas de la mayoría del país. Y que frene lo que parecía que venía, de lo cual no estaremos libres mientras los rufianes y los abascales sigan campando por la política española.

Qué pasará si Sánchez y Rivera no pactan (y no lo van a hacer)

Hace treinta años, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín, con la Unión Soviética en ruinas, los estudiantes chinos levantándose en Tiannanmen, y Europa y Estados Unidos disfrutando del mayor período de paz de la historia, Francis Fukuyama (Chicago, 1952) publicó un ensayo fascinante (y, todo hay que decirlo, de título resultón, casi rozando el clickbait) que entonces marcó una época y que con el tiempo se ha convertido en motivo frecuente de mofa intelectual. En ¿El fin de la historia?, el politólogo de origen japonés defendía que la historia como la conocíamos había llegado a su término, porque la democracia liberal occidental y el capitalismo se habían impuesto para siempre a la batalla ideológica.

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