Educación infantil: la lucha del 0-3

Beatriz San Martín MAESTRA DE EDUCACIÓN INFANTIL

EDUCACIÓN

Niños en un aula de educación infantil.
Niños en un aula de educación infantil. J.P.Gandul | EFE

18 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hoy, en el Congreso de los Diputados, se debatirá una proposición no de ley para impulsar una reforma del marco normativo del primer ciclo de Educación Infantil. Puede parecer un asunto técnico, alejado del día a día, pero no lo es. Lo que allí se discuta afecta directamente a la infancia, a las familias y al tipo de sociedad que queremos construir.

El tramo de 0 a 3 años no es un paréntesis educativo, es una etapa clave del desarrollo humano. Y esto no es una opinión ni un eslogan: es ciencia, pedagogía y algo que la propia Unión Europea lleva tiempo recordando en sus recomendaciones. Y, sin embargo, en España seguimos tratando esta etapa como una educación de segunda.

Las escuelas infantiles no son guarderías. Es cierto que nacieron, en su origen, como espacios de cuidado mientras las familias trabajaban. Pero hoy en día son centros educativos con proyectos pedagógicos, con profesionales formados, con objetivos claros de desarrollo emocional, social, cognitivo y motriz. Y, además, con la enorme responsabilidad de cubrir las necesidades básicas de niños muy pequeños. Todo eso convive en el mismo espacio. Y rara vez se reconoce como tal.

La normativa actual no responde ni a las necesidades reales de los niños ni a las condiciones mínimas para que la educación infantil pueda ser, de verdad, educación. Las ratios lo evidencian. No se puede hablar de atención individualizada cuando una sola persona está a cargo de ocho bebés. No se puede hablar de calidad educativa con catorce niños de 1-2 años en el aula. Y es directamente una ficción pedagógica pretender que una educadora pueda atender adecuadamente a veinte niños de 2-3 años ella sola.

Quien defiende estas ratios en nombre de la infancia probablemente nunca ha estado ahí dentro, sola, intentando llegar a todo.

Y cuando alzamos la voz, aún hay quien responde con el mismo argumento: vocación. Como si la vocación fuese una mordaza. Como si amar tu trabajo implicara aceptar condiciones imposibles. Como si pedir tiempo, recursos y presencia real significara que no te gusta lo que haces. Nada más lejos de la realidad. Precisamente porque nos gusta nuestro trabajo defendemos la infancia. Precisamente porque creemos en el valor del 0-3 exigimos condiciones dignas. La vocación no multiplica brazos, no reduce ratios, no calma veinte emociones a la vez. La vocación, sin estructura, se quema. Y ese desgaste, que exige atención constante y una enorme carga emocional, o no se entiende o, peor aún, se normaliza.

Resulta llamativo que muchas veces las quejas aparezcan solo cuando ocurre algo visible —un conflicto, una mordedura— pero no cuando se habla de escenarios imposibles de sostener, de aulas masificadas, de condiciones que hacen inviable una atención de calidad y una intervención temprana real.

Reducir la infancia 0-3 a un recurso asistencial empobrece a los niños y desgasta a quienes los acompañan. Invertir en esta etapa no es un gasto: es una apuesta de futuro. No se puede exigir una buena educación con condiciones que rozan lo imposible. Lo que realmente está en juego es si, como sociedad, estamos dispuestos a dejar de mirar hacia otro lado. Si vamos a seguir pidiendo silencio a quienes sostienen el sistema o si, por fin, vamos a escuchar.