Fracaso escolar

| MIGUEL-ANXO MURADO |

EDUCACIÓN

DE TODOS los hallazgos de la Pedagogía de las últimas décadas, empiezo a temerme que todo lo que va a quedar va a ser la expresión «fracaso escolar». Las teorías, los métodos de enseñanza, los gurús (Piaget, otros), las leyes educativas (LAU, LOGSE, LOCE)... todas ellas han se han ido turnando rápidamente en la cola de la gloria y el olvido sin lograr un aumento en la media de la sabiduría universal, sin lograr que los alumnos aprendiesen más, y sin lograr, lo que es más grave, que los educadores fuesen ni remotamente más felices (ellos son los que idean estas teorías y métodos, por eso lo digo). No, nada ha funcionado. Lo único que ha ido bien, lo único que se ha extendido y triunfado es la expresión fracaso escolar . Ayer volvía a aparecer en las páginas de este periódico, como una bandera rota agitada por una asociación de profesores de Secundaria y otra de padres, que dicen ahora que la culpa del fracaso escolar es de los políticos, y esto es lo que me ha llevado a glosar este término. Fracaso escolar... En comparación, esta expresión brutal consigue lo que parece en principio difícil: hacer que suene dulce incluso la terminología del franquismo educativo, que usaba el mucho más moderado suspenso . Tengo que reconocer que siempre me gustó esa expresión: suspenso . No el hecho en sí, pero sí la expresión, la palabra. Con mi poca edad, entendía que no significaba fracasar, sino quedar suspendido, de momento, en una especie de limbo docente. Bien mirado, era casi una experiencia mística, un transporte, una levitación intelectual, un flotar en la nada de Villar Palasí (el ministro franquista que había ideado el sistema educativo). Sobre todo, la idea del suspenso bosquejaba la provisionalidad, uno podía salir de ese estado. No era una condena. En cambio, fracaso escolar es otra cosa: simplemente, te quita las ganas de seguir estudiando. Me apresuro a decir que no sé nada de pedagogía (no sé aprender bien, menos aun enseñar bien), pero como escritor sí sé, modestamente, que era menos dolorosa la frialdad de los números (el cero ominoso, el diez perfecto, el cinco raspado) que la carga emocional de las palabras («progresa adecuadamente», «necesita mejorar»), que hacen siempre más daño. Pero en eso se quedan la mayor parte de las reformas que se hacen en este mundo: en cambiarles de nombre a las cosas. Y no siempre para mejor.