¿Y por qué lo consentimos?


A finales de los setenta la banca estaba malherida por el estallido de la burbuja industrial del desarrollismo español de los sesenta. Le sacudía una fuerte crisis de solvencia, pero las autoridades políticas y monetarias pensaron que no estábamos preparados para asumir más dificultades. Franco se había muerto hacía dos telediarios y no estaba el cuerpo de los españoles para más incertidumbre. Auparon al cielo de las grandes verdades lo de las economías de escala en la banca y bajo ese banderín, tan políticamente correcto, empezamos a fusionar a los siete grandes.

Las cajas, incapaces de asumir los costes tecnológicos inherentes a su nueva clientela, iniciaron una ronda paralela de fusiones. Unos se unían para tapar sus vergüenzas, otros para alcanzar el músculo del cual carecían. Iniciamos los noventa con un sistema financiero caracterizado por tener un par de multinacionales y una pequeña legión de pequeños gigantes. Cubrían perfectamente el expediente y agasajaban con brillantez a la clase política.

Y hasta aquí hubiéramos llegado si no fuera porque el poder de mercado les llevó a la embriaguez. A la locura. Ante los muertos de la crisis actual se retomaron las prácticas que aprendimos en los ochenta y le dijimos de nuevo al grande que se comiera al chico, pero sí, ahora ya reconociendo a pecho descubierto una parte de nuestras vergüenzas. Las otras, las más graves, las que tendría que ver la Fiscalía, esas las dejamos para otro día, para cuando todo esté prescrito.

Y ¿qué hemos conseguido? Un sistema financiero centralizado, con más poder que nunca y que, aunque actualmente compite a muerte por ganar un nuevo cliente, nada hay que nos asegure que esa rivalidad se mantendrá en el tiempo. Y es que cuando todos los grandes del mercado caben en un seiscientos, no hay mercado. Eso aún no ocurre, cierto, pero nunca hemos estado más cerca de que pueda llegar a suceder.

Y después nos preguntaremos: «Y ¿por qué lo consentimos?».

Venancio Salcines es Presidente de la Escuela de Finanzas

Por Venancio Salcines Presidente Escuela de Finanzas

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¿Y por qué lo consentimos?