En un país de ciegos


Agarró la caña del barco cuando el viento entraba de través. El casco se desplomó sobre babor, el aire nos cortó la cara y nos sentimos dueños de los vientos. La estela que marcábamos sobre el agua nos hacía sentir los nuevos dueños de Europa. Y si alguien nos hablaba de burbujas, solo recordábamos las del champán de treinta euros. Éramos felices y la persona que había sido capaz de hacer andar este viejo velero tenía un nombre, Rodrigo Rato. Manejaba la caña. Venía a mostrarnos que había otra derecha, joven, formada en las mejores universidades extranjeras, liberal. Fue la cara brillante de Aznar, aunque este lo descartó como su sucesor, agrandándole la estela. Quizás hoy sabemos por qué. El FMI, sueño dorado para cualquier político, le supo a poco. Al barco lo lleva la marea, pues que siga llevándolo, debió de pensar, y tanto pensó que se olvidó de que esos puestos son oportunidades, no premios. Si triunfas, tu país crece con tus éxitos. Si caes, al desplomarte, ensucias el prestigio de quien te ha impulsado. Cayó. No pasó nada. Morriña de país, nos dijo. ¡Cómo no creerle! Hoy sabemos que volvió fracasado y que él lo sabía. Buscó volver a ser de nuevo un hombre milagro pero aquí sí demostró que había algo importante que ignoraba. Nunca supo llevar el timón. Fueron los vientos. Se sintió capitán y quiso ser almirante. El más grande del Ibex. Se embarca en Caja Madrid e impulsa la transformación de las cajas en bancos. Ya es uno más. No le llega. Buscaba el milagro que le reafirmase que en el pasado había sido lo que pensaba que había sido y no un mero figurante. Vende acciones de Bankia sabiendo que son papel mojado, esperando, ahora sí, que los vientos limpiasen de toxicidad los títulos que había colocado a su clientela más fiel. Mientras, los inversores institucionales huyen ante sus llamadas. Da igual. Nadie quiere ver la realidad que él no deseaba mostrarnos. Hoy está en la hoguera ¡Defraudaba a Hacienda! ¡Venga, hombre! En la hoguera deberíamos estar nosotros por ser un país de ciegos. No quisimos ver que fue un ministro de cartón piedra. Que se fue a Washington a ser un vividor y no otra cosa. Y que en Bankia arruinó y engañó a decenas de miles de personas. Y me dicen ahora que tenía unos millones en paraísos fiscales. Déjenme que me ría.

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