Rezan las teorías tributarias que los impuestos suben para incrementar la recaudación y con ella afrontar una mayor y mejor prestación de servicios a la ciudadanía. Sin embargo, en la actualidad, y habida cuenta del elevado nivel de déficit y los ingentes desembolsos que nuestra deuda exigen, cuesta creer que esa sea su auténtica finalidad. Muchos consumidores opinan que se pretende sin duda un aumento de la recaudación, pero otra cosa es que realmente esta mejore y que esos recursos sirvan para paliar la maltrecha situación, temiendo que se destinen a cumplir las obligaciones financieras del país. Temen que se trate de una medida que busque incentivar el consumo aquí y ahora. No comparten la opinión de que pronto se adaptarán a esta situación, y olvidarán el precio de las cosas antes de la subida del IVA y menos aún si su poder adquisitivo no solo no aumenta ni se mantiene, sino que decrece día a día.
No es de extrañar, pues, que en plena recesión los consumidores no tengan más remedio que ajustarse a sus mermadas capacidades y, ante una subida del precio final que pagan, tengan que consumir menos. Pero no solo los productos secundarios sino también los básicos experimentarán esta bajada. Sería absurdo obviar que, aunque el comprador pague un tipo reducido, muchos elementos que conforman el proceso productivo de esos bienes estarán sometidos a un aumento del impuesto y que este, sin duda, repercutirá en su bolsillo. Resulta irrelevante preguntarse cuánto dinero supondrá esta subida para las familias, ya que solo algunas podrán asumir los incrementos de precio; otras, simplemente, prescindirán de ciertas compras.
La recaudación por IVA ya había caído en más de un 10 % antes de anunciarse su subida y temo que con ella aumente el fraude fiscal, con situaciones de cobro al consumidor y falta posterior de ingreso o del consabido ¿con IVA o sin IVA?.
Ya hay quien ha anunciado que no repercutirá la subida del impuesto a sus productos, pero no es más que otra forma de publicidad que busca captar clientes y fomentar la compra de productos que quizás no necesitemos. Además se trata de propuestas que no están al alcance de todos los empresarios y que afectarán al ya maltrecho pequeño comercio, que no podrá competir. En todo caso, ¿cuánto tiempo puede una empresa minorar su margen un 2 %, un 3 % o incluso un 17 %?
Aunque se logre un aumento puntual de ingresos, en tanto no mejore la situación económica, la tasa de empleo, el acceso al crédito y otros elementos que propicien un aumento del consumo, su detracción supondrá un descenso de la actividad económica general y la entrada de nuevo en el mismo bucle en que nos vemos inmersos.