Pilar Pose: «Coñecín a meus pais con sete anos»

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carballo / la voz

A Pilar Pose la parieron en Lalín, muy cerca del santuario de O Corpiño. Apenas tenía unos meses cuando su madre regresó a Venezuela con su marido, que era de la parroquia carballesa de Entrecruces. Los tres pasaron siete años sin verse hasta que la pareja tuvo que regresar por la mala salud de la mujer. Fue entonces cuando Pilar dejó Vila de Cruces y toda la vida que había conocido y se mudó a la Vázquez de Parga con dos personas a las que no conocía de nada, pero que eran sus padres. «Foi dificilísimo, porque queres a quen te cría. Ti saber que tes que querer a teu pai e a túa nai, pero non sabes nada deles nin eles de ti» explica. «É un atraso, un grandísimo atraso. É mellor non ter fillos que telos para deixalos con outros. Para que os queres?», se pregunta.

De la casa de los abuelos y los tíos en el valle del Deza a Pilar se la llevaron para la taberna O Bodegón y ahí sigue, 45 años después, en el mismo lugar y con el mismo tipo de clientela, aunque buena parte de los que estaban cuando ella y sus padres llegaron «xa marcharon», explica. Hasta que se fueron (al otro barrio) casi todos fueron leales al que probablemente sera el bar que lleva abierto más años, porque antes de que la recién reunida familia se hiciera con el establecimiento lo tuvieron Pepe y Carmen, los abuelos del que hoy es responsable de Bodegas Carballo, Juan Fernández.

Pilar y su madre comenzaron demasiado tarde su relación y no pudieron recuperar el tiempo perdido, separadas por miles de kilómetros de océano. La mujer ya llegó enferma a Carballo; con apenas 36 años y sin Seguridad Social fueron viéndola uno tras otro los más reputados médicos de Santiago. Son nervios, dijeron todos ellos, mientras la pareja seguía pagando honorarios sin tener ninguna respuesta. Por eso fueron a un internista de A Coruña. «Cando a viu xa a mandou directamente para Labaca», explica Pilar. El hospital se llama ahora Centro Oncológico de Galicia y ya entonces trataba la misma enfermedad.

A la chica de Lalín que había conocido a un joven de Entrecruces en Venezuela y había querido que su hija fuera gallega a toda costa se la estaba comiendo un cáncer desde hacía años. «Foron moitos anos sufrindo e o final foi horroroso», recuerda Pilar. «Diría que sufriu coma un can, pero non é así, porque aos animais póñenlles unha inxección. A ela non lle deron nada», dice. Tenía 46 años y dejaba una jovencita de 17 que solo tuvo madre, y con las limitaciones de la enfermedad, durante un decenio.

También se fue pronto su padre, con 68 años, cuando la hija de Pilar solo tenía cinco meses. La suya fue una muerte más dulce, más llevadera, y también ocurrió en el piso de arriba de O Bodegón, donde sigue viviendo y donde recibe a la gran familia que tiene en Lalín. El 12 de octubre vinieron sus tíos a celebrar su santo, pues «a día de hoxe seguimos a ter un vínculo especial porque non se esquecen eses primeiros anos», señala.

Pero Pilar es optimista por naturaleza y señala que la vida la ha compensado. Está satisfecha y sigue en el mismo lugar donde la trasplantaron de repente, contenta y con un alquiler por pagar porque tanto O Bodegón como la vivienda tenían un traspaso de muchos años hasta hace diez, cuando comenzó la renovación anual de la renta. De momento no hay problema, pero sabe que toda la vida que conoce no está, para nada, asegurada.

A pesar de todo, está «encantada de la vida» al frente de un establecimiento en el que estuvo trabajando desde que tiene uso de razón. «Non souben o que era a adolescencia ata que empezou a miña filla con ela. Nin oíra esa palabra case», asegura.

A pesar de que cuando llegó a Carballo no estaba en su ambiente, ahora no cambiaría por nada ni el pueblo de la zona, que se ha ido vaciando paulatinamente y que ahora es como un agujero negro en pleno centro, con muchas viviendas vacías.

Recuerda a los vecinos que la vieron crecer, familias enteras que se han esfumado con el paso de los años, sobre todo en los últimos. Pero ella sigue ahí, al frente de O Bodegón, que huele tanto a limpio que cualquiera diría que es una taberna.

«Leo moitísimo, libros de préstamo da biblioteca ou comprados»

Cuando Pilar llegó a Carballo con dos padres a los que acababa de conocer la matricularon en la Academia Leus. No le gustaba. Su vida consistía en ir al colegio «porque tiña que facelo» y volver a la taberna para hacer los deberes y estudiar en la parte de atrás. Después se matriculó en el instituto, cuando todavía había que pagar para anotarse, pero apenas duró unos meses. «Facía falta na casa e eu non quería ir. Meu pai tampouco me obrigou», recuerda.

En sus manos tiene dos libros, con el forro de protección de los volúmenes de préstamo. Tras la confesión del nulo interés por los estudios académicos llama la atención la naturalidad con que sostiene los dos volúmenes. Se da cuenta de la observación. «Este é para a miña filla», dice. Es de García Márquez, uno de los clásicos del bachillerato. Pero el otro es para ella y queda claro porque sobre él reposa una funda en cuyo interior se adivinan una gafas de lectura.

«Leo moitísimo, libros de préstamo da biblioteca ou comprados», explica. Sorprende la aclaración en alguien que mandó a paseo la enseñanza superior y que, además, no parece arrepentirse. «Leo o que quero, as historias que me gustan, aínda que cando empezo non paro. Pasoume co Código da Vinci, pero deino acabado», señala. Se enganchó a la trilogía de Dolores Redondo, como mucha otra gente. Con la lectura mata el tiempo cuando no hay clientes. Se ha hecho un horario que le ha permitido atender a su hija como ella misma hubiera querido ser atendida.

Además de servir vinos y cada vez menos tazas, también sirve comidas en la parte trasera, que parece estar exactamente igual que cuando ella llegó. Por encargo prepara cocido, carnes asadas y todo lo que se puede esperar en la taberna de una lectora voraz de poco más de medio siglo.

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